Publicado el Friday 27 de January de 2012 |
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MODA 
por Jesse James en Cocaví Horizonte*
Me gusta arreglarme. Me gusta andar maquillada, usar ropa que me quede bien, elegir un buen zapato, etc. Pero qué pasa cuando toda esa buena voluntad y ansias de vernos bellas nos juegan un mala pasada? Recuerdo que a los 17 años, con una amiga decidimos que para el año nuevo nos teníamos que ver regias, así que partimos a Los Dos Caracoles y nos compramos petos (sí, petos que mostraban la guata y todo) y unos pantalones ad hoc. Cómo olvidar la cara de mi pololo de aquel entonces cuando me vio, con un peto azul de textura curiosa, pantalón rojo de materiales altamente inflamables, zapatos negros con plataforma y bien maquillada. Era la versión Halloween de una Miss 17. Me veía fatal, así que lejos de lucirme, ese fue el año en que aprendí la gran lección: no dejarme llevar por mi primer instinto a la hora de vestirme.
Pero hay situaciones en que ese primer instinto aparece más fuerte y la delgada línea entre producirse y sobreproducirse se vuelve muy peligrosa, sobre todo en contextos como las primeras citas o los matrimonios, siendo este último un caldo de cultivo para que las mujeres saquen a relucir sus peores looks, jurando que se ven estupendas. Por ejemplo, un accesorio clásico que sobreproduce una tenida es: el echarpe. ¿Para qué diablos sirve ese mini chalcito que no alcanza a abrigarte nada y que sólo suma años a quienes los usan? Siempre que uno va a un matrimonio hay al menos, 15 personas usando esa incómoda mantita que, por lo general, es media transparente y que arruina casi cualquier tenida. Y ahí va la amiga de uno, corriendo a saludarte ultra maquillada, peinada de peluquería, con un vestido strapless brillante, y el famoso echarpe. Mal.
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