POR LALA
La justicia no siempre está de nuestro lado, lo sabemos. A veces, incluso, está derechamente en nuestra contra. Hoy escribo este post con mucha rabia, con mucha pena, con ganas de salir a incendiarlo todo. Hoy, Chile es un país más injusto y más violento con las mujeres que lo habitan, porque la justicia una vez más falló a favor del agresor y en contra de la víctima.

Francisca Díaz es egresada de Derecho de la Universidad Austral y en 2016 presentó una denuncia en contra de Willy Fahrenkrog Podlech, abogado ex ayudante de la Fiscalía de Hualaihué, por abuso sexual. Francisca y Willy se conocieron en Tinder y decidieron reunirse en un restaurant, aprovechando que él estaría de paso por la ciudad. Tomaron alcohol y después ella lo acompañó a una hostal para que dejara sus cosas. Fue en ese momento que, cuenta ella en Es Mi Fiesta, él la atacó, a pesar de que ella le dijo en varias oportunidades que no tenía intención de que pasara algo entre ellos. Logró salir y un par de horas más tarde hizo la denuncia, constató lesiones, le hicieron exámenes. A él lo llevaron a control de detención sin hacerle ningún examen, sólo preguntas. El agresor rápidamente fue dejado en libertad y sobreseído, y luego decidió querellarse en contra de Francisca. Ella, dos años después, fue condenada a tres años de pena remitida por el delito de injurias y calumnias.

En este caso se conjugan muchos vicios. El primero, sin duda, es el machismo. Para varios conocerse en Tinder es sinónimo de consentimiento a priori para tener relaciones sexuales. No hace falta que diga que una cosa no tiene que ver con la otra y que, incluso cuando accediera a priori y concertara un encuentro con la finalidad de tener sexo, estando ahí podemos decidir no seguir. Y esto es algo que muchos aún no entienden.

Luego, se suma el hecho de que el agresor no es cualquier persona, sino alguien con vínculos con el aparato judicial, y además es pariente del fiscal regional de Los Lagos. Por ahí leía que estas denuncias por calumnias nunca llegan a puerto, y mucho menos terminan con una sentencia como los tres años y un día de pena remitida que le dieron a Francisca. Este caso es una curiosa excepción.

La guinda de la torta es la declaración de la carabinera Carolina Montiel, la primera en tomarle declaración (primera declaración de seis que dio durante estos años), quien señaló que si bien estaba llorando, “no era llanto de violación”. Me acordé de los jueces del caso ‘la manada’, cuando señalaron que los gemidos no eran de sufrimiento, y que la víctima había subido fotos de fiestas en los meses posteriores. Nuevamente nos dicen cómo se llora, cómo se vive, cómo se sufre, después de una agresión. Nada es suficiente, y todo es exagerado. No hay cómo darle en el gusto a este sistema misógino.

Primero nos reclaman por no denunciar: “pero cómo no dijo nada, viene a decirlo 10 años después”, ¿les suena?. Cuando lo hacemos, el agresor se las ingenia para transformarse en la víctima, para que las cuestionadas seamos nosotras por usar Tinder, por querer conocer a alguien, incluso por querer tener sexo (si eventualmente queremos). Nos culpan de ser violadas por usar un calzón de encaje, justifican nuestras muertes porque decidimos fumarnos un pito, y prefieren meter a un asesino preso por posesión de drogas y darle ocho años, que secarlo en la cárcel por ensañarse con una chica de 16.

BASTA.

Francisca, te creemos.

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