La felicidad en las juntas de ex compañeros de colegio


por Andrea Lagos

Puede resultar un completo fracaso o una alegría inmensa. De todos modos, ver a esos ex niños con los que antes peleabas por un lápiz o una goma, hoy convertidos en adultos, es un gratificante paseo por el pasado. Es como verse al espejo, en la cara y en los comentarios de los otros.

La idea parte, seguramente, de un grupo de ex alumnos en Facebook. Y de un momento a otro prende la junta. Si el curso es de provincia, cuesta un poco más que todos viajen, pero cuando se logra el reencuentro suceden tantas cosas. Se responden cientos de preguntas, se reviven escenas, clases, peleas, pololeos, traumas, niñez completa.

¿Quién era la matea insoportable? ¿El niño tímido y genial? ¿Cómo fue que la porra se convirtió en ingeniera? ¿Quién se casó, quién no? ¿Quién tuvo hijos? ¿Quién se divorció? ¿Quién se hizo cura? ¿Quién es lesbiana, gay, bi? ¿Cuál profesor murió? ¿Por qué nos enseñaron tanta lesera en el pizarrón? ¿Por qué dejamos de vernos tantos años?

Y así, entre todos se dibuja un consenso sobre el pasado común que hace tan bien. Todos sanan. Y finalmente cada uno vuelve a su casa, sabiendo que esos compañeros de curso son la identidad de cada uno.

Esa noche, luego del reencuentro de los niños convertidos en adultos, se cierran todas las historias inconclusas, se brinda por lo que fue, por lo que no fue, por toda la historia de muchs cabros chicos que se hacen adultos de un día a otro.

Mientras el país se divide, los pequeños grupos se juntan. Me gusta eso.





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