
por Sue
Me encantan las series gringas, esas que tienen diálogos tan ingeniosos e inesperados, que dejan al televidente en estado de admiración.
A veces, mientras sueño despierta, imagino que mi vida es una sitcom, una de bajo presupuesto pero con una buena producción (como en mi vida real…), con algunos personajes estables, guest stars ocasionales, y risas grabadas cuando la ocasión lo merite. Además, habría una especial dedicación para la selección del vestuario. Seguramente tendría varios episodios memorables, y alguna que otra frase para el bronce. Las chicas se preguntarían dónde se consigue la fantástica cartera que apareció en la temporada 4, cuando Sue y Jenny fueron a hacerse la manicura, y los chicos verían mi show como lo hacían secretamente con series femeninas de tipo Sex & The City.
Tal vez la mayoría del tiempo sólo sería yo frente al computador, con un cuaderno y 15 lápices a un lado, en espera de inspiración divina, o echada en la cama leyendo revistas, o bailando en el baño mientras se calienta el agua, o planeando el almuerzo y la cena del día siguiente, o saliendo en busca del par de botas ideal, o prestando atención a cosas que nadie se fija, pero supongo que eso sería parte del personaje, o no?
Y si tuviera que reinventar una parte de mi vida en una escena, esta sería (en esta ocasión) cuando se casó J y S.
Lo que de verdad pasó, fue que yo era la madrina en el bonito vestido, en un salón decorado, con los invitados en sus mesas, y los aperitivos servidos. En teoría, debería haber avanzado hacia el micrófono, y haber pedido un momento de silencio para hacer el tradicional wedding toast, incluyendo de paso alguna anécdota sobre los novios (típico momento rosa de las series, se han fijado?). Ése día estuve haciendo también de wedding planer, y andaba en la entrada solucionando un problema de estacionamientos, y cuando iba a mitad de camino hacia el micrófono, se escucha la voz de la tía del novio haciendo el brindis por lo novios, en su vestido azul eléctrico con strass de Patronato, y sus uñas acrílicas color salmón. Acto seguido, se empezó a servir la cena, y yo me quedé con el speech atravesado.
No. No, nononononono y no. Primero que todo, alguien con mal gusto no aparecería en mi serie. Segundo, la tía del novio habría llegado disfónica. Y tercero, yo habría dado mi speech muy emocionada, con un kleenex en la mano, y habría sido el perfecto cliché de la dama de honor. Y todo, en el último episodio de la temporada, já.
Pero ya no fue. Ojalá mi vida fuera como una serie de TV.
* (post publicado originalmente en Mi vida en pixeles 3.0)