POR CRISTÓBAL BARRERA
¿Quién canta cuando alguien canta? A veces, sobre todo en el reggaeton, pienso en esa pregunta. ¿Es alguien que está efectivamente diciendo lo que canta o es alguien que lo está pensando? ¿Se lo está diciendo a alguien o se lo dice a sí mismo? Supongo que el vastísimo universo musical pop ofrece tantas posibilidades que es ilusorio hacer una teoría general de la narración musical, pero no por eso deja de ser menos importante, sobre todo porque, como es obvio, quienes escuchamos música no solo estamos escuchándola, sino también cantándola.

Cantar una canción es, muchas veces, una señal de esperanza. Creemos que lo que dice la canción dice algo sobre nosotros -¡sobre nuestras vidas!- y, también muchas veces, vivimos nuestras vidas basados en esas canciones. El reggaeton ha sacado mucho provecho de esa tensión entre esperanza, realidad y deseo abierto e inmediato y quizás por eso los narradores de las canciones de reggaeton suenan a veces soberbios y decididos: porque una forma de lidiar con el deseo insatisfecho es creer que lo dominan.

Pero hay, también, una cuestión sobre la esperanza. Eso pensé mientras escuchaba a Francisco Victoria hace unas semanas en Campo Abierto. Su primer disco, Prenda, salió hace cinco meses, y la palabra que más se repite es esperar. Lo dice en Todo lo que tengo (“tengo paciencia, te voy a esperar”), en Siempre has sido tú (“créeme, que yo siempre te voy a esperar”), y en Si vuelves del sur (“tanto esperar, para de preguntar, si vas a declinar, no tengo tiempo”). Cuando uno lo escucha podría creer que el sentimiento que expresan sus canciones es el mismo que el de uno. Está bien esperar, podría creer quien escucha la canción, si otros también esperan. La esperanza empieza, en esas canciones, a teñirse de virtud: parece una señal de bondad, de amor puro, de ingenuidad y por eso, suena como si el sentimiento fuera real.

Pero para quienes han esperado en vano la sensación es sospechosa. Cuando uno espera se encuentra con los obstáculos propios de la realidad. Uno puede pasar esperando toda la vida a quien se ha olvidado de nosotros. Las canciones de Francisco Victoria no ponen el foco en eso, supongo, pero sí hacen pensar en ello. ¿Hasta cuándo el muchacho de la canción esperará? ¿Será útil? ¿Será lo correcto? ¿Será correcto seguir el sentimiento? Es muy probable que cantar sea la única forma de despejar esa incerteza.

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