POR POR LUCAS RODRÍGUEZ SCHWARZENBERG. FOTO: IGNACIO ORREGO
Ex guitarrista, compositor y capo detrás de Oasis se presentó el miércoles 31 de octubre en el festival Colors Night Lights. Con un setilist cargado hacia su obra contemporánea, Noel se subió al escenario con un fin claro: demostrar que lo que importa es el ahora.

20:30 de la noche. Estoy sentado en un rincón techado del Colors Night Lights, tomando y comiendo como un cerdo porque, 1) es gratis, 2) siento más ansiedad que paciencia hacia el concierto que se viene. De fondo suena fuerte (demasiado fuerte, hagan algo señores sonidistas) Foster The People, con su electropop de gimnasio de stripcenter. Salvo por un momento en que al líder de esa banda, el susodicho Foster, se le ocurrie leer en su español de gringo y posición de millonario hipster de L.A. un manifiesto que instaba a mantenerse unidos y “nunca abandonar a la clase obrera” (estoy parafraseando, pero no tanto), la banda no me sirvió de mucha entretención. Yo estaba ahí para ver al amargo en jefe. Al unicejo que ostenta la complicada dualidad de verse más joven pero sonar más sabio que sus 51 años. Y que da la casualidad que también es capaz de escribir una canción memorable mientras estornuda.

Incapaz de no arruinarme la sorpresa, había buscado previamente su setlist de la noche anterior en Conce. Si no efectuaba mayores cambios, el repertorio se venía cargado hacia su más reciente disco, “Who Built The Moon?”, el que para mí gusto es el álbum más redondo y emocionante del último año, en cuanto no suena ni a ninguna tendencia actual ni a una época pasada. Tiene un poco de todo, pero más que nada, tiene grandes temas. La carta de presentación es “Holy Mountain”, el primer single del disco y una especie de lado B perdido del periodo Berlín de David Bowie conectado a corriente directa. Desde la primera vez que escuché la canción supe que era algo que solo cobraría sentido en directo: no podía ser casualidad esa sobreproducción repleta de guitarras y bronces y un órgano tocado por Paul Weller que es prácticamente imposible de oír. “Mountain” sonó después del semi-instrumental “Fort Knox” y antes de “Keep on Reaching”, una de las joyas del disco nuevo, cuya aparición estaba en veremos. Entre el órgano y la melodía imposibles de no asociar con “I Heard It Thru The Grapevine” de Marvin Gaye, y la batería acelerada a un nivel que parece sampleada de algún dibujo animado, este tema encarna toda la altamente disfrutable peculiaridad de “Who Built The Moon?”. Se entiende porqué los críticos optaron por tildar el álbum de “psicodélico”: su sonido hace tan poco sentido como el que hacían las bandas más vanguardistas de los 60s, cuando se acuñó el término.

Mezclado con algunos temas destacados de sus discos anteriores, llegó el primer episodio dedicado a la nostalgia: “Little by Little”. Por supuesto que fue la más coreada hasta el momento, además de la ocasión perfecta para darme cuenta que ya no tengo el estado físico que tenía a los 16. De cerquita vino “Whatever”, para mí un tema muy menor dentro de los de Oasis (incluso su título me hace pensar en lo poco inspirada que es), pero que me hizo mucho más sentido ahora que sonaba liberada de la sección de cuerdas que almibara al original. Como sea, terminó convertida en una buena ocasión para recuperar el aliento antes del azote que fueron “Black and White Sunshine” y “She Taught Me How to Fly”. La primera es el tipo de canción que debería estar en el centro de todo concierto de rock: un tema rápido, basado en un riff simple pero pegote, con un coro que pareciera que va ganando velocidad al punto de que comienzas a preocuparte de que vaya a salirse de control. La segunda, la mejor canción de Blondie en 30 años, o lo que sea que haya pasado desde “Maria”.

Para el cierre, Noel se reservó sus frecuentes armas de destrucción masiva: “Wonderwall” y “Don’t Look Back in Anger”. Para mi segunda ocasión en que escucho estos temas, creo que prefiero a la 1era en la versión en la que la escuché el 2015 –Gallagher solo, acústica, atmosférica–, y a la 2da en la versión que no toca desde hace bastante tiempo –banda completa, eléctrica, Noel mismo haciéndose cargo del célebre solo de guitarra–. Pero por muy melindroso que me ponga, es innegable lo efectivas que son ambas canciones. Cómo te llevan inevitablemente a la incómoda posición de recordar amores pasados, frustrados o logrados, en un lugar público rodeado de desconocidos. Quizás la magia está en que ese “Sooooo, Sally can wait”, calculadamente épico y que casi nadie consigue corear afinado, de alguna manera logra hacerte creer que el flaco al lado tuyo es capaz de entender tu nostalgia. Sally o no Sally, para mí la guinda de la torta de este encore fue la inclusión de “Go Let It Out”, la que algunos días particularmente frescos y despejados he llegado a declarar como la mejor canción del quinteto de Manchester.

En resumen, una noche eléctrica y definitivamente tal vez memorable, de uno de los pocos músicos que pueden regodearse de ser tanto un mito andante como un artista plenamente vigente. No se puede decir lo mismo de su hermano, quien ni si quiera fue capaz de ejecutar 5 canciones seguidas antes de que le bajaran sus célebres pataletas y mandara todo al carajo.

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