Nick Cave
POR @PATYLEIVA
Nick Cave apareció en el escenario del Teatro Caupolicán sin mayor preámbulo tras la entrada de su prodigiosa banda, los Bad Seeds, cuan largo es, como un vampiro que ha vivido desde siempre en un elegante y entallado traje oscuro.

4500 personas ofrecieron sus almas en esta ceremonia. Porque este concierto no fue sólo un recital de música, hace mucho que no presencié una conexión mística tan intensa entre artista y asistentes. Algunos buscaban cumplir un sueño pendiente, otros, derechamente redención.

Porque Cave es un mesías del siglo XXI, un ser único que provoca reacciones inesperadas tanto en sus seguidores de toda una vida como en, imagino, cualquiera que se cruce por su camino por primera vez. Jesus Alone, la canción con la que comenzó la noche, pertenece a Skeleton Tree, su último disco, el que dedicó a Arthur, su hijo, uno de sus gemelos, muerto el 2015 a los 15 años a causa de una caída fatal. La redención parte por él mismo. Este disco es su luto, un giro en su existencia que sobrevivió a punta de creación y catarsis.

Higgs Boson Blues fue para mi el momento más alto musicalmente hablando (no ha dejado de sonar en mi mente “Can you Fell My Hertbeat, boom, boom, boom”), pero también el que sentó las bases de la intimidad que se venía por delante: público arriba del escenario y muchos momentos tocando las manos –y dejándose tocar– de los que se acercaron a primera fila durante todo el concierto, ungiendo de alguna manera a los que lo miraban hacia arriba, como un ser de otra dimensión.

El dolor hecho arte, la música como agente sanador, eso es lo que presenciamos en cuerpo y alma el día viernes en el Caupolicán. No sé si haya habido alguien ahí presente para quien este no haya sido un momento inolvidable.

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