POR JUAN JOSÉ RICHARDS
El otro día fui al Mac de Quinta Normal a ver una exposición que quería reseñar. Había visto en Instagram el trabajo del pintor –al que no conocía– y algo en sus pinturas me había gustado. Algo, pero no sabía qué. Partí atraído por la posibilidad de descifrar qué era lo que me había atraído del trabajo de este artista. Llegué temprano. Era el único visitante del museo.

Pude ver los catorce óleos y 126 dibujos de cerca. Me alejé, me volví a acercar y tomé apuntes. El pintor había pintado calaveras, cuervos y serpientes. Es decir estaba la muerte. Había pintado muchachos atravesando callejones vacíos, bosques nevados y azoteas de edificios abandonados. Es decir estaba la soledad. Había pintado fósforos, fogatas y cigarros encendidos. Es decir estaba el fuego.

Pero su exposición no se trataba de la muerte, ni de la soledad ni de lo combustible. Para entender lo que reunía a las pinturas yo tenía pocas herramientas: el nombre de la muestra, la disposición de los cuadros, sus títulos en las viñetas y un breve texto en el muro. La exposición me había gustado, pero aún no sabía de lo que se trataba. Intuía que había un tema subterráneo que atravesaba su trabajo.

Volví a mis apuntes y me di cuenta que había sido flojo en una parte. A las calaveras, serpientes y cuervos las había leído como sinónimos de muerte. A las azoteas, bosques nevados y callejones, como escenarios de la soledad. Pero a los fósforos, cigarros y fogatas los había leído como fuego. Y esa era una lectura directa para un trabajo que no era directo. Tenía que darle un significado al fuego.


Sí, era calor en la fogata, sí era intimidad en las dos muchachas que se pasaban el cigarro de boca en boca, sí era hastío en el muchacho que caminaba fumando, pero era algo más. El fuego era el presente que se estaba quemando. El fuego iluminaba a los cuerpos de los jóvenes y proyectaba detrás su sombra que era el pasado, al mismo tiempo que los envolvía en humo que era el futuro.

Con esa lectura la operación se completaba: si sumaba muerte, soledad y una tensión en tiempo donde el deseo era tanto recordar como olvidar, lo que aparecía era la nostalgia. Y para mí esa fue la idea subterránea que atravesaba toda la muestra. Con esa palabra podía leer los cuadros que había visitado.

A diferencia de esa mañana que llegué al museo, cuando abrí el libro de María Paz Rodríguez, yo ya me había leído –y gozado– sus dos libros anteriores. Conocía su imaginario, su uso del lenguaje, su capacidad de construir imágenes y metáforas. Conocía su interés por abordar complejos personajes femeninos. Conocía su humor, su delirio y –lo peor de todo– la conocía a ella.

A diferencia de lo que me pasó en el museo, aquí, quizás, sabía demasiado como para hacer una lectura. En el mundo del drag donde algunas veces al año me refugio para escapar temporalmente de la masculinidad, se habla de lectura cuando uno “lee” a alguien que conoce. El termino proviene de la subcultura de los bailes y bares de gays newyorkinos ochenteros, donde transformistas, transgénero y personas no conformes con la asignación de género se juntaban a crear comunidad.

Ahí la lectura podía ser una crítica, o un comentario ingenioso o incisivo sobre alguna característica o defecto de alguien. Pero era siempre algo celebratorio. No muy distinto a lo que uno hace cuando se enfrenta a una obra de arte.

En El gran hotel, la primera novela de María Paz me había fascinado el manejo que ella tenía del flujo de consciencia y cómo fue capaz de darle una estructura a un pensamiento caótico y hermoso. Esa escritura suya, experimental y desbordada, ya existía una primera clave en su trabajo: lo inesperado. Luego, cuando leí Mala madre, su segunda novela, me interesó cómo era capaz de oscilar en entre una escritura más tradicional con la escritura delirante a través de la historia de una mujer y ahí apareció para mí una segunda clave de su trabajo: lo dual.

Cuando empecé Niñas ricas, una de mis primeras reacciones fue reírme y reírme fuerte. En la primera página aparecían, entrelazados a las cuidadas frases en prosa que le conocía a la Ro los versos de una canción de Luis Miguel. Y no de cualquier canción, sino que probablemente la más melosa de todas: Suave. Lo de la risa no era un chiste, sino que un portal que activaba mi memoria. De hecho lo primero que me sorprendió cuando conocí a la Ro –después de su altura– fue su sentido del humor.

Cuando nos conocimos nuestras vidas amorosas eran unas malas tragedias en las que ella –a pesar de lo terrible– era capaz de encontrar lo más humillante para hacerlo divertido. Ahí ya estaba lo inesperado y lo dual actuando con toda su potencia. Ahí estaba la capacidad creativa de reírse de lo absurdo, de salir al rescate de los afectos cuando parecía que lo que éramos era sólo desafección.

Lo de la risa no era chiste ni era algo a la ligera. Era esa risa nerviosa, visceral que sobreviene cuando uno se da cuenta de algo. Ya dije que a diferencia del museo, este libro para mí era demasiado conocido. Pero eso era lo que yo creía. Lo inesperado era que su lectura me llevaba a revisitar un pasado que yo creía conocido pero que aquí me aparecía bajo otra luz. Digo, era el mismo, pero también era ligeramente distinto. A través de la risa conecté con los años en que nos conocimos con la Ro.

La risa que me dio eso era la misma risa nerviosa que te da cuando estás en una fiesta y estás hablando con alguien y ves entrar a la persona que te gusta e intentas mantener el hilo y la calma, pero por dentro algo estalla. En los cuentos de este libro me reencontré con la María Paz que conocí en la que probablemente fue nuestra época más perdida: ahí estaba ella con sus cigarros y sus joyas de fantasía, lista para conversar. Ahí estaba el departamento de Pedro de Valdivia empapelado con una cascada china por la que Carlos León se paseaba levantando la cola. Ahí estaba la Ro levantándome el dedo a mí y a todos mis amigos diciéndonos: “¡Mira homosexua!”, antes de soltarnos una verdad.

Ahí estaba la loba alrededor de la que bailábamos en las fiestas. La chica más alta, la más bonita, la más misteriosa, la con la mini más corta, con los labios más rojos. Ahí estaba mi amiga más leída, la que me recomendaba novelas y me regalaba libros. La que me hizo mirar a Kerouac de otra manera. La que me obligó a leer a Kureishi y me mostró el otro lado de Palahniuk.

La historia de la escritura de la Ro es la historia de mis lecturas. Las chicas que van a encontrar en Niñas tienen ecos a las chicas de Jeffrey Eugenides y por lo mismo de Sophia Coppolla. Se parecen a las mujeres de Gillian Flynn y por lo mismo de Jean-Marc Vallée. Uno cree que las conoce pero no. Yo abrí este libro pensando que ya sabía lo que había dentro, pero me equivocaba. Creía que sabía con lo que me iba a encontrar, pero me equivocaba. Quiero decir, reconozco algunas cosas, algunas escenas, algunas sensaciones, algunas historias, algunos guiños a nuestro pasado juntos. Pero lo que más reconozco es el vértigo.

¿Pasa o no? Que creías que habías visto entrar a la persona que te gusta a la fiesta pero no era él. Era otro. Querías que fuera él. Eso es lo que atraviesa este libro, que no está dicho, pero está ahí. El tema subterráneo que une los cinco relatos: el deseo. Esa es la palabra que me hace mirar los cinco cuentos que reúne este volumen y entenderlos, pero no para que algo se acabe, sino que como ocurre con las buenas palabras, para que algo comience.

Quisiera hacer un puente con otra escritora que fue una gran maestra de escribir el deseo y que es –junto con María Paz–, una de mis favoritas: Marguerite Duras. Sólo por hacer una lista de frases suyas que se me aparecieron leyendo Niñas ricas. Uno: “Muy pronto en mi vida ya era demasiado tarde”. Dos: “Nuestras madres siempre serán las personas más extrañas y locas que conoceremos”. Tres: “Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe”. Cuatro: “Creo que nada sustituye a la lectura de un texto, nada reemplaza a la memoria de un texto, nada, ningún juego”. Cinco: “Ningún amor puede sustituir el amor”.

Elegí cinco porque son cinco los cuentos que hay dentro de este libro. Mi lectura de estos cuentos es que ocupan el desborde y lo dual para narrar el deseo. El deseo, como el fuego que había visto en los cuadros del museo, no es sólo eso. En este caso el deseo es una fuerza movilizadora. Una pulsión que destruye, incomoda y nos remueve. El deseo es lo que se despierta en una fiesta cuando efectivamente sí aparece la persona que te gusta. El deseo es lo que te hace seguir leyendo.

5 COMENTARIOS

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  2. Gracias por el buen post Juan José, me gustó la similitud que hiciste con la exposición del museo para describir tus hallazgos. Leeré a MP Rodriguez.

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