POR ASENJI
Cuando tenía 14 años, en la calle, camino al colegio, un mal llamado hombre me levantó la falda, agarrándome el poto para después seguir su camino muerto de risa, como si nada. A pesar de mis gritos, nadie me ayudó. Un año después me pasó lo lo mismo. Recuerdo haber sentido mucho miedo. Ya en la universidad, un amigo por dárselas de “chistoso” hizo lo mismo, a lo que respondí dándole vuelta la cara de una cachetada por la falta de respeto. Me sentí rara, insegura, desconfiada.

Ya de adulta, recuerdo dos episodios más. Caminando por Merced, a plena luz del día, otro sujeto me susurró en el oído y me levantó del agarrón que me dio. Le grité y le pegué una patada ya saben donde. Por último, hace pocos meses, caminando por avenida Tobalaba con El Bosque, un tipo en bicicleta, me levantó el vestido. ¿Terrible, no?

Al menos cinco veces he sido violentada por tipos que se sintieron con el derecho de tocarme sin mi permiso. Les dio lo mismo, siguieron su camino indiferentes, normalizando una conducta abusiva, delictiva. Con esos actos demuestran que no respetan ni a su madre, ni a sus hijas, ni a sus abuelas, a ninguna mujer.

Hoy escucho opiniones de algunas autoridades (mujeres) y amigas sobre las multas por acoso callejero, las que califican de “estupidez” y sin sentido. Dicen que este tipo de iniciativas le bajan el perfil al debate sobre los derechos de las mujeres y que son otras las medidas que se deben adoptar para conseguir la igualdad. Tienen razón en que las multas por sí solas no cambiarán el escenario, pero son un punto de partida.

Es importante, imponer sanciones para transformar. ¡Ojalá fuéramos más empáticos y cultos para entender, sin la fuerza de la sanción! Aplaudo, entonces, que por fin pongan un alto a los indeseados piropos, al derecho que ciertas personas creen tener para opinar sobre otro, sin respeto alguno.

Es de esperar que las mujeres seamos más solidarias, tolerantes y compasivas con nuestro género. Ponerse en los zapatos de la persona de al frente, de la que ha sufrido acoso, es fundamental para poder avanzar en el respeto de la mujer, porque la clave es la empatía.

El acoso callejero es violento.
No me gusta que me digan cosas que no quiero escuchar, y eso no es ser grave.
No quiero que me agarren el poto sin mi consentimiento.
Es sólo poner las cosas en su lugar, bajo la línea del respeto y la dignidad de cada mujer.
Me quiero sentir segura. ¿Es mucho pedir?

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unsplash-logoPaul Dufour

4 COMENTARIOS

  1. Apoyo tu sentir, creo que la mayoría de nosotras ha sido violentada de alguna forma en la calle y esto tiene que parar. Debemos dejarle un mundo más seguro a las próximas generaciones de niñas y mujeres, que no sufran lo que nosotras sí.

  2. Te apoyo totalmente, ya yo estoy acostumbrada a que me griten leseras, pero quiero que mis pequeñas sobrinas en el futuro estén más tranquilas, anden con short, falda, polera corta o como quieran y se sientan seguras.

    Muchas veces, me cambié de ropa, a pesar que me quería poner falda o vestido para evitar “piropos”, miradas lascivas o toquetones. No quiero que mis sobrinitas pasen por eso. Ahora son tan libres y felices y quiero que sigan así el resto de sus vidas.

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