POR LUCAS RODRÍGUEZ SCHWARZENBERG
John Coltrane era una persona muy espiritual. Como un afroamericano nacido y criado en el sur de Estados Unidos (Carolina del Norte, específicamente), su infancia estuvo fuertemente ligada a la religión. Sus primeros acercamientos los tuvo los domingos en la iglesia, donde la comunidad local se congregaba para cantar e interpretar música que distaba mucho de los soporíferos salmos de las iglesias europeas. El mensaje detrás de estos domingos de gospel era la búsqueda de una espiritualidad profunda, que hiciera sentido en el centro de una vida feliz y armónica.

Ambos abuelos de Coltrane fueron ministros de la iglesia episcopal metodista, lo que le dio una base en torno al cristianismo que nunca abandonó. A pesar de esto, su búsqueda religiosa lo llevó a conocer y familiarizarse con todo tipo de religiones; occidentales y orientales. Su primera esposa, Naima, era una musulmana convertida, y a lo largo de su carrera también se adentró en el hinduismo. Sorpresivamente, y como prueba de sus dones, esta mezcla cultural no lo llevó a una vida de confusión y vagancia espiritual, sino que a la producción de una obra musical sin precedentes.

Luego de formarse tocando con el quinteto de Miles Davis, con quien incluso grabó el célebre disco “Kind of blue”, John Coltrane decidió que su camino debía seguir otra ruta. Una que nadie más había explorado, y que luego de su muerte en 1967, fue perdiendo vigor a favor de movimientos más vistosos, como el jazz rock y la fusión. Formando su propio cuarteto, Coltrane grabó una serie de discos impresionantes, que llegaron a su peak con el lanzamiento de A Love Supreme.

Este momento llega cerca del medio del documental Chasing Trane, luego de que se hubiera hecho hincapié en cómo la búsqueda musical y espiritual del saxofonista se vio gravemente afectada por la adicción a la heroína y alcoholismo que permeaban a la comunidad del jazz durante los 60s. Su esposa Alice Coltrane menciona que su marido se encerró por semanas a componer las canciones que formarían su disco seminal. Solo se mostraba para comer, pero irradiaba una convicción y felicidad que ella solo puede describir en términos espirituales. El mismo Coltrane agregó en las notas del disco que en esa época experimentó un despierte espiritual que lo llevó a enrielar su vida, a la vez que le mostró el camino que debía seguir: transmitir esta sensación hacia los demás por medio de su música.

Los títulos de las cuatro partes que componen A Love Supreme llevan todas nombres que hacen referencia a la religión. Están ordenadas como distintas etapas de un descubrimiento espiritual, que finalmente culminaría en un salmo divino a compartir con el resto de la humanidad. El detalle que separa esta obra de un panfleto religioso (además de su calidad musical, por supuesto), está en el título: el llamado de Coltrane es a amarse y unirse, sin importar la religión o creencia que se profese. A mediados de los 60s, con el movimiento hippie a punto de estallar, un mensaje como el de A Love Supreme fue oído por multitudes, quienes convirtieron el disco en un éxito de ventas.

Sonny Rollins, destacado saxofonista, amigo de Coltrane y uno de los entrevistados más recurrentes del documental, menciona en un momento la dificultad que algunos oyentes ajenos al jazz suelen experimentar: que no “entienden” la música. Quizás lo que dio más fuerza e universalidad al mensaje que Coltrane buscaba transmitir, fue el que hubiera ido impregnado en una música libre y fluida, carente de palabras, versos ni direcciones. Más un empuje de vitalidad que un dogma, enfocado en dar vigor a quien lo necesitara, sin importar qué o a quién estuviera siguiendo, o si entendiera o no las reglas del género.

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