POR LALA
Ayer tenía muy presente que, durante la jornada, sabríamos la sentencia a los cinco españoles conocidos como La Manada. En la tarde supimos que les habían dado nueve años y cinco de libertad vigilada – en realidad siete, porque ya han cumplido dos – , y que fueron declarados culpables de abuso sexual, no de violación, por lo que la indignación estalló en España y con justa razón. Ha sido uno de los casos más violentos que recuerde, además de la agresión, por todo lo que vino después. Pero haré un breve resumen para quienes no están al tanto de este caso.

Corría 2016, fiesta de San Fermín. Recordemos que esta fiesta está sobre la mesa porque en ella, prácticamente siempre, hay denuncias de acoso y de abuso. Es frecuente ver fotografías de mujeres sobre los hombros de algún otro, levantándose la polera, y al instante cientos de manos intentando agarrar algo. Y claro, para ellos, un par de tetas al aire es sinónimo de: agarremos, que para eso están. Por lo mismo, cuando en julio de ese año una chica de 18 años denunció que un grupo de cinco hombres, 10 años mayores que ella, la había violado, muchos y muchas en España se pusieron en alerta. Ella andaba con un amigo, pero se había separado de él en medio de la fiesta. Conoció a un grupo de chicos – que mantenían un chat de whatsapp llamado La Manada, razón por la que se les conoce así -, se pusieron a conversar y luego se fueron a otro lugar. Ella había tomado, pensaba que iban a fumar algo. Ellos, aseguraron que todos iban por sexo. En un relato en el juicio, ella explica que nunca pensó lo que pasaría hasta que se vio rodeada por los cinco y, bueno, no voy a dar detalles porque para qué.

Al finalizar el crimen, la famosa manada se llevó el teléfono de la víctima. No sólo habían abusado de ella, también la habían abandonado a su suerte, sin posibilidad de comunicarse con nadie, hasta que una pareja la encontró y llamó a la policía. Ella explica que los denunció porque entendió que lo que hicieron con ella fue un crimen, porque ella nunca estuvo de acuerdo, sin embargo, tuvo miedo de haber sido culpable de lo que le pasó, de estar jodiéndole la vida a este grupo de hombres.

Una nota de ABC.es recoge el siguiente testimonio: “Al llegar a mi casa a los días sentía mucha culpabilidad. Pensaba que podía haber hecho más, que les estaba jodiendo la vida a cuatro personas, que era mi culpa lo ocurrido (…) Porque me podía haber ido, porque no tenía que haberme puesto a hablar con gente que no conozco, porque me separé de mi amigo, porque me quedé sola en una ciudad que no conozco. Me sentía muy culpable”.

Los agresores fueron detenidos al día siguiente. Encontraron el teléfono de la víctima tirado en la calle. Entre los cinco tenían siete videos que registraban la violación. Algunos habían sido borrados, pero, ya sabemos… nunca se borran realmente, así que fueron recuperados. Y aquí es donde todo se pone todavía peor. Ellos declararon que hubo sexo consentido, que ella les había dicho que se la podía con dos, con tres o los que hubiera. Ella lo niega. Dice que había tomado pero que no recuerda en ningún caso esa conversación.

Después se le criticó abiertamente por no haber buscado ayuda sicológica sino hasta dos meses después. Los peritos que la atendieron dicen que es normal, que es parte de lo que vive una víctima. La defensa de la manada contrata un detective privado para seguir a la víctima, se muestran en el juicio – varios meses después – “pruebas” que indican que ella ha seguido su vida normal, que ha ido a fiestas, que ha salido con sus amigos, que no “parece” víctima. Los peritos revisan los videos una y mil veces. Van cuadro por cuadro viendo si hay rastros de consentimiento. Si la mueca es de dolor o es de placer. Los gestos de las manos, todo. Revisan todo. Lo hacen desde la duda hacia el testimonio de la víctima, no lo hacen para acreditar su testimonio sino para buscar el error. En el juicio muestran una foto de Instagram, en la que la víctima aparece sonriendo. La aceptan como prueba, no así el registro de whatsapps de la manada, donde queda registro del crimen. Eso no, no lo tomaron en cuenta. El machismo es brutal en toda la larga cadena de eventos, desde la confabulación de los agresores hasta el veredicto final.

Juzgan a la víctima, cuando no hay una respuesta estándar a un trauma como este. ¿Cuánto demora una víctima en buscar ayuda, en querer hablar, en perder el miedo, en volver a salir a la calle? No lo sabemos. ¿Qué era lo correcto para acreditarla como víctima? ¿El suicidio? Eso parece. Ella explica que no opuso mayor resistencia porque sabía que no tenía cómo zafar. Eran cinco, ella una. Dijo que no, no la escucharon. Esperó a que todo pasara, ojalá rápido. Hay registro de otras dos agresiones similares en España, en las que la víctima opuso resistencia activa. Están muertas. Lo que hizo la víctima fue sobrevivir, no disfrutar. El juez que quiso absolverlos la interpeló, le dijo que no le había dolido. Bestia.

El mismo juez piensa que en el video no “parece” que hubiera sufrimiento. Finalmente los condenaron, pero por abuso. No por violación. ¿La diferencia? En la violación hay amenaza e intimidación. Para los jueces, la víctima caminó sola hacia a la trampa, así que es “sólo un abuso”. La manada, además, pidió que su foto no fuera difundida, pero a mí no me importa. Son José Ángel Prenda, Alfonso Cabezuelo, Jesús Escudero, Ángel Boza y Antonio Manuel Guerrero . Se los presento. (Imagen: Todo Noticias)

Lo que sigue es ver si la defensa de la víctima apelará. De ser así, pedirán que el delito se configure como violación, no como abuso, y pedirán 22 años para cada uno. Este caso me para los pelos, me da furia. A ella le creo, la abrazo, la acompaño desde aquí. Al menos en España no se quedaron tranquilas ni tranquilos, y ayer salieron a protestar contra la impunidad, contra la violencia, contra la complicidad del sistema, contra la ceguera de la justicia. Espero de todo corazón que les den esos 22 años, que vean pasar sus mejores años tras las rejas. Que ella pueda volver a caminar tranquila, sin miedo a encontrárselos nuevamente en la calle.

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