POR LUCAS RODRIGUEZ SCHWARZENBERG
Cerca de los ¾ de duración del documental Eric Clapton: Life in 12 bars, el mismo perfilado declara que “la única razón por la que no me suicidé, fue porque si hacía eso no podría seguir bebiendo”. Durante gran parte de los 70s, Clapton fue un alcohólico sin control. Varias fuentes en el documental describen su necesidad de vaciar varias botellas antes del almuerzo, independiente de si esa misma noche tenía o no un concierto. Su conducta sobre el escenario era errática en sus mejores momentos. Y en los peores, completamente escandalosa: en una ocasión lanzó una serie de comentarios racistas, que no estarían fuera de lugar en los discursos actuales de los supremacistas blancos.

Sin conocer más detalles de su vida, es difícil empatizar demasiado con su situación. A diferencia de los músicos de blues que imitaba, Eric Clapton nunca vivió el racismo ni la pobreza extrema de la que surgieron muchos de sus ídolos. Su carrera experimentó un ascenso muy veloz, que lo llevó a ser apodado “Dios” y vivir la vida de un multimillonario antes de los 25 años. Pero es en el espacio entre medio de sus giras históricas con Cream y la creciente reputación como uno de los mejores guitarristas de todos los tiempos donde se revela quién es realmente este inglés que se le ocurrió dedicarse al blues.

Al rededor de los diez años de edad, la madre de Eric Clapton le informó que en verdad ella era su abuela. Su madre real lo había tenido muy joven, y después de dejarlo a cargo de sus abuelos, se había ido a vivir a Canadá con su nueva pareja. Cuando un Clapton adolescente la conoció, esta lo trató de manera inferior a los otros dos hijos de su nuevo matrimonio. Lo forzaron a cortarse su pelo “afeminado” e incluso le rompieron por accidente su amada guitarra. “En ese momento decidí que no volvería a confiar nunca más en nadie”, comenta la voz en off de Clapton sobre este recuerdo.

Luego vinieron las muertes tempranas de camaradas y amigos –una de las que más le dolió fue perder a Jimi Hendrix, a quien consideraba la única persona con la que se sentía comprendido– y de su padre/abuelo, lo que lo llevó a comenzar a usar heroína. El rechazo que recibió de Pattie Boyd (la esposa de George Harrison), de quien estaba obsesivamente enamorado, lo empujó hacia la adicción. Que además Layla And Other Assorted Love Songs, el disco donde vertió sus sentimientos, resultara un fracaso crítico y comercial, terminó por convertirlo en un recluso. Entre 1971 y 1973, Eric Clapton solo abría la puerta de su casa si es que el que tocaba era su dealer.

Perdió amigos, parejas, el público comenzó a olvidarse de quien era. Se le daba por retirado, lo que volvió aun mas sorprendente que el disco con el que regresó, 461 Ocean Boulevard, fuera tan bueno. No solo era más enfocado y diverso, sino que sus habilidades como guitarrista solo parecían haberse perfeccionado. Ya no tocaba solos de 15 minutos, sino que adornaba sus canciones con pasajes breves y precisos, algo completamente contradictorio teniendo en cuenta que estos eran los años álgidos del rock progresivo. Mientras más se debilitaba Clapton, más parecía fortalecerse su habilidad musical. La única explicación a este fenómeno la ofrece el guitarrista mismo: “La música me salvó la vida”.

El argumento final que los músicos negros siempre han esgrimido contra los blancos, es que no se puede tocar blues si no se ha sufrido. En una entrevista durante los años 80, la conductora le plantea esto mismo a Clapton, preguntándole si todas sus penurias las pasó para poder adentrarse en esta música. Más bien fue lo contrario. Su vida siempre se adentró en la tragedia, pero fue él quien se enfrentó a esto como lo hicieron Robert Johnson o Big Bill Broonzy, “solo con mi guitarra contra el mundo”.

Junto a 461…, los discos más exitosos y perdurables de la carrera de Eric Clapton son el ya mencionado Layla y su participación en la serie Unplugged. Este último es célebre por contener “Tears in heaven”, la canción con la que enfrentó quizás la tragedia más grande de su vida. Está muy lejos de la pasión angustiada con la que convirtió a “Layla” en quizás la canción más enigmática de la historia del rock, pero su lugar de origen es el mismo.

En Eric Clapton: Life in 12 bars, la directora Lili Fini Zanuck comprendió esto. De ahí que la voz principal del documental sea la del mismo Clapton, quien no es el más didáctico de los entrevistados (está muy lejos del candor descarado de Keith Richards, por ejemplo), pero si uno honesto, y a ratos incluso brutal. Su vida tocó las alturas más grandiosas y los fondos más oscuros, pero para él, siempre estuvo primero la música.

Revisa la cartelera completa del festival In-Edit acá.

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