por Ximena Torres Cautivo
Resiliencia es una palabra de fea sonoridad, poco sugerente, sin gracia, pero que alude a una condición valiosa, que ojalá todos pudiéramos poseer, porque la resiliencia salva. Isabel Vega, autora de “La aventura de reinventarse” la llama “extraña” y explica que deriva de un antiguo concepto que viene la física, donde se le define como “la capacidad de un material para recobrar su forma original después de someterse a una presión deformadora”.

Ser resiliente es tener algo de mono porfiado, de caerse y volver a pararse una y otra vez; de no lamerse las heridas, sino de superarlas y seguir adelante. Isabel, que es chilena, licenciada en Educación en la Universidad Católica y tiene un Máster en la Universidad de Virginia, Estados Unidos, donde se especializó en Comunicación, se dedica al coaching. Tiene otros dos libros publicados: “Estaciones del alma” y “Vivir en tiempos de crisis”, cuyos títulos dan cuenta de por dónde van sus intereses.

En este tercer escrito, se dedica a contar las experiencias de cambio de chilenos y chilenas, algunos conocidos y otros anónimos, que frente a un golpe de la vida –muerte, enfermedad, quiebra económica, separación, accidente– en lugar de paralizarse, lamentarse, entregarse, le ponen en pecho a las balas y salen adelante. Relata 15 historias de compatriotas y otras 15 a las que agrupa con el título “Historias sin Fronteras”, en el penúltimo de los 5 capítulos que construyen “La aventura de reinventarse”.

Antes de entrar a esas entrevistas y/o biografías –algunas son hechas por ella, otras recogidas de otras publicaciones-, Isabel reflexiona sobre lo vertiginosa que se ha vuelto la vida actual en contraste con la de nuestros abuelos o bisabuelos. En su primer capítulo, comenta: “En el año 1900 la esperanza de vida al nacer en Chile era de 30 años, mientras que en Europa alcanzaba los 45 años. Un siglo después, los habitantes de nuestro país tienen una expectativa de vida superior a los 80 años”. Y luego reflexiona: “Las aspiraciones y proyectos de vida son muy diferentes cuando se tienen 30 o 40 años para realizarlos, a cuando se tiene un plazo de 80 años para hacerlos realidad”. Y sigue: “A comienzos del siglo XX, cuando nacía un niño de clase media tenía 30% o 40% de probabilidades de morir antes de cumplir un año, dependiendo de las condiciones de higiene, alimentación y salud de cada país. Si lograba sobrevivir, aquí tenía la posibilidad de acceder a una educación primaria para aprender los principios básicos de aritmética, lectura, escritura, y catecismo, lo cual era todo un privilegio ya que en esa época sólo la mitad de los chilenos sabía leer y escribir”.

Es un capítulo muy ilustrativo, donde de manera simple va dando cuenta de cómo hemos cambiado los hombres, las mujeres, las costumbres, las posibilidades, las aspiraciones, los sueños, las presiones. “Llegar a la vejez era una hazaña y se consideraban ancianos aquellos que lograban atravesar el umbral de los 50. A esas alturas, la mayoría de los hombres ya había acumulado una experiencia laboral de más de 30 años y no se les habría ocurrido empezar a desarrollar un nuevo negocio o una nueva actividad”.

Hecho ese preámbulo, Isabel entra a contarnos vidas y cambios increíbles, como el de una pareja acomodada, sin hijos en común, que a los 50 años decide vender todo, dejar Santiago e instalarse en Chiloé, para intentar una vida autosustentable, sin tarjetas de crédito, compromisos sociales, estrés. Son Amory Uslar y Fernando Claude. Además de ellos, destacan casos como el del joven Marcelo Pino, que superó su pobreza económica a punta de esfuerzo e inventiva y hoy es un exitoso sommelier, reconocido internacionalmente; el de Elías Jara, que pudo haberse quedado pegado en una historia de adicción a las drogas y al alcohol y hoy se dedica a rescatar a otros de estos consumos problemáticos; el de la profesora Fabiola Salinas, nacida y criada en la población La Legua, donde creó el maravilloso grupo Raipillán, que baila y canta nuestro folclor, pero sobre todo crea comunidad en un barrio crítico y estigmatizado, rescatando a jóvenes del narco.

Todas las historias son alentadoras, ejemplares, estimulantes. Todas están marcadas por las resiliencia esa palabra que Isabel encuentra “extraña” y a mí me suena fea, pero que salva.

Lean “La aventura de reinventarse”, les será útil.

Foto: www.isabelvega.cl

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