por Ximena Torres Cautivo
Nada de lo que dicen la contraportada y las solapas de este maravilloso libro de la novelista japonesa Hiromi Kawakami se acerca a la belleza contenida y mínima de la historia de amor que surge entre una ex alumna y su viejo profesor de japonés.

Los protagonistas son una pareja dispareja que se reecuentra cuando ella toca los 40 años y él ya es jubilado. La relación surge a partir de la soledad, los paseos por la ciudad, las borracheras compartidas en el bar de la esquina, las excursiones al bosque en busca de setas, las confidencias, las citas en el torniquete del metro para ir a una exposición, recorrer una feria, visitar un museo de caligrafía tradicional o pasar la tarde en el pachinko.

Los críticos alaban “El cielo es azul, la tierra blanca” por la maestría con que Hiromi, la autora, maneja “el difícil arte de golpear al lector sin hacer ruido”. Celebran lo estimulante y carnal que resulta su prosa para quien no requiere de relatos explícitos. Y no es que no sea explicita la narración: el profesor menciona su temor a no rendir en la cama, ya que hace años que no le hace el amor a una mujer, por ejemplo. Y lo dice tal cual, como hablan las personas reales en las intimidad. Por eso no es necesario que cuando las cosas pasan, se requiera de mayores descripciones. Mucho más interesante es cómo se siente ella al despertar en la cama, en el tatami de él, para ser más precisa.

Tengo la fortuna de haber estado en Japón en dos ocasiones (y estoy determinada a volver), durante unas vacaciones largas y de paso unos días hace un año. He tenido la experiencia de viajar en sus intricadas y siempre atiborradas pero eficientes líneas de metro; de conocer su shinkansen y también sus trenes menos rápidos, que en ciertos horarios van más llenos que el metro; de haber entrado a sus bares de barrio donde uno se enamora del ramen (la maravillosa sopa de fideos, que es la comida cotidiana nacional) y ellos se despachan varias botellas de sake, el licor de arroz que toman como si fuera vino, con la comida, que siempre consiste en una seguidilla de pequeñas porciones de cosas de lo más diversas. También he estado en sus bulliciosos y ahumados pachinkos, salas de juegos electrónicos, donde los oficinistas con sus trajes azules o negros de pésima factura y calidad se liberan del estrés, mientras las mujeres hacen lo propio en los karaokes. He descubierto y admirado sus elegantes, higiénicos, estéticos y plácidos onsen o baños calientes, donde ellas y ellos no se mezclan, no se acepta gente con tatuajes (se les considera profanaciones del cuerpo, propias de la yakuza o mafia); y sus hanamis o picnics bajo los cerezos, floración que se conoce como sakura, y que es el momento más espectacular del año en sus maravillosos parques y jardines. Todo eso, que llama tanto la atención a los extranjeros, en esta original y humana novela de amor es parte del paisaje, de la cotidianidad de esta pareja en apariencia dispareja, no porque se trate de una crónica costumbrista, sino porque esa es la manera de vivir en el Japón contemporáneo. Tal cual.

Las casas son diminutas; los jardines, públicos, las mascotas se arriendan porque nadie -o muy pocos- pueden darse el lujo de compartir con ellos sus espacios íntimos. En esos ambientes reducidos, de esas ciudades donde se circula en manadas, apiñados, Hiromi Kawakami relata certeramente los sentimientos de soledad y la masiva cotidianidad de Tsukiko Omachi, la protagonista, que es además la narradora, con una sencillez profunda y certera, tanto que uno se siente dentro de su mente y de su corazón. Y siente latir el de uno con el de ella, enamoradas ambas del viejo profesor. Y esa sí que es maestría, porque el galán es viejo, hermético, modesto, con ciertas manías. Humano, como esta historia de amor donde se aprecia la belleza de lo real.

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