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Hermanas de sangre

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Hermanas de sangre
por Pilar y Lela Lagos

Mi hermana y yo tenemos 15 meses de diferencia. Somos las únicas dos mujeres en una familia de seis hermanos, siempre estuvimos en los mismos colegios y por cerca de 14 años compartimos una pieza. Sin embargo, nada de eso hizo que en nuestra infancia o adolescencia fuéramos realmente muy amigas o cercanas. No representamos el estereotipo de las hermanas que se cuentan sus secretos o que se meten juntas en la cama para ver una teleserie. No nos llevábamos mal. Simplemente no nos pescábamos. Cada una tenía sus amigos. Cada una su vida infantil y, luego, juvenil. Fue la adultez la que nos juntó.

Una de las pocas veces que fuimos juntas a la casa de otra niña cuando éramos chicas, fue totalmente contra la voluntad de la Pilar. La Pilar fue siempre más… madura. O al menos así la veía yo. Yo era más desordenada, más niñito y también más dramática. No sé qué edad teníamos cuando a ella la invitó una amiga a pasar la tarde en su casa. Yo no era amiga de ninguna de las que iban a estar, pero decidí que quería ir, y lloré hasta que mi mamá hizo que la Pilar le preguntara a su amiga si podía ir conmigo. No me acuerdo de nada de esa tarde excepto que en un momento iba caminando por el patio de la casa con un pan tostado en una mano y un vaso con yogurt en la otra, cuando el perro –gigante en mi recuerdo- se empezó a acercar a mí y yo retrocedí hasta que me caí a la piscina. En nuestra casa no había piscina, ni perro y generalmente no había yogurt. Según yo, salí a flote igual como entré: con el plato en una mano y el vaso en la otra.

La Lela siempre fue, siempre ha sido, más bacán que yo. La instalación del TV cable en nuestra casa fue por un cumpleaños de ella. La Lela chateaba por ICQ mientras yo no tenía idea de qué era eso. Esa forma achorada la llevó a inventar unos planes que yo jamás podría haber concebido. La Lela perdía sus zapatos del colegio en el colegio y tenía accidentes recurrentemente. Una de esas veces yo estaba ahí y recuerdo que tuve mucho miedo. Estábamos en el pijama party de una amiga en común. Ella estaba jugando con otras a resbalarse por el parquet del living sin zapatos. La Lela lo hizo con tanta energía que llegó hasta a romper el ventanal de la casa. Recuerdo verla con sangre en su cara y tener que llamar a mi mamá para avisarle.

Hoy mi herma vive en el sur y yo en Santiago. Ella tiene una casa y una familia completa y yo estoy viviendo con mi papá y tengo una polola a la distancia. Hace décadas que no compartimos pieza ni ciudad y nos vemos sólo algunas veces al año. De algún modo en el camino entre esa infancia y esta adultez nos hicimos amigas. No porque teníamos sino que porque, yo creo, en algún momento nos empezamos a caer mejor. O será que nos entendimos tal vez, o que toda nuestra historia juntas decantó y nos necesitamos acercar. Quizás la “vejez” nos ha hecho más parecidas aunque sigamos siendo muy distintas, quizás nos sale más cómodo contarnos nuestros problemas de la vida cotidiana que las penas de amor adolescente.
Hoy necesito saber de la Lela. Necesito contarle algunas cosas que me pasan o llamarla para que simplemente me haga compañía mientras manejo. No somos tan distintas como pensaríamos alguna vez. Nos reímos de cosas muy parecidas, nos importa mucho saber que la otra está bien y nos echamos de menos cuando pasamos meses sin vernos. Me da felicidad cuando mis hijos hablan de la Lela y yo evoco mentalmente a mi tía favorita y me doy cuenta que mi hermana puede ser esa para ellos.

Esta nota es parte de la revista digital Zancada 2017, dedicada a distintas formas de hermandad entre mujeres.

También te puede interesar leer Las escenas: los hermanos en Sing Street, cómo las hermanas son fundamentales en nuestra vida y Cuando las hermanas (o primas o amigas) te quitan la ropa.

*Si quieres escribir en Zancada, manda tu texto con título y nombre con el que quieres firmar a contacto@zancada.com en un mail titulado TEXTO. Como siempre, si va con nuestra línea editorial felices lo publicaremos.

3 COMENTARIOS

  1. Yo tengo dos hermanas, en realidad una media hermana y una prima si lo dijera literalmente pero mi corazón dice que las dos son solo mis hermanas, de las dos aprendí a no bajar los brazos y han estado conmigo en los peores y mejores momentos de mi vida. Hemos compartidos cigarros, ahogos de risa, copetes, metias de pata, llantos y tantas otras cosas de esta vida. También estuvimos mas cercanas o alejadas por las diferencias de edad, pero igual que la historia después de los 20 o 30 ya no hay diferencia y la relación es mas estrecha. Fue una linda historia me emociono mucho

  2. Me pasa algo similar con mi hermana, tenemos 6 años de diferencia y cuando eramos chicas nos odiábamos, ella porque cuando llegué yo le quité el lugar (ella es la de al medio) me decía cosas como que nunca debería haber nacido, que estaban bien ellos dos (mi hermano y mi hermana), pasábamos peliando, pegándonos, MAL.
    Ahora ya de grandes nos llevamos super, ella vive en La Serena y aveces viaja a Stgo ó yo viajo para allá, sobre todo cuando ella se toma vacaciones y yo soy la niñera de mi sobrina perruna, el prox año viajaremos juntas a buscar un mejor futuro y la vdd me alegra que sea ella con quien viviré una nueva aventura, ya que es mi hermana y obvio ambas nos cuidaremos hasta el resto de nuestros días.

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