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Entrevista: La redención de los neuróticos según Constanza Michelson

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constanza michelson
por Cristóbal Carrasco, foto: Mónica Molina

Luego de publicar Cincuenta sombras de Freud, la psicoanalista Constanza Michelson se adentró en el mundo de la neurosis y en cómo las personas lidian actualmente con ella. Para eso, decidió narrar en su nuevo libro Neuróticos las pequeñas historias de obsesivos e histéricos, centrándose, por un lado, en la dificultad de ellos para sobrellevar ese “infierno” que es la neurosis, y, por otro lado, para aceptar que en ella reside, en gran parte, nuestra salvación. Conversamos con Constanza Michelson sobre el libro y su interpretación de la neurosis.

Por un lado, Neuróticos posee un ámbito de divulgación, pero a la vez es un libro de historias: retrata historias de otros y también la tuya. ¿Cómo partió la idea del libro?
Son cosas que se mezclan, porque como psicoanalista la ciencia no puede estar aparte de la subjetividad. Al mismo tiempo, cuando escribo, voy pensando sobre mí y me voy explicando algunas cosas, es una forma de narrarme. De todas maneras, me interesa, efectivamente, la divulgación, porque hay algo sobre la metáfora del psiquismo o la subjetividad que el psicoanálisis que no está demasiado instalada en el imaginario colectivo.

¿Por qué crees que la interpretación psicoanalítica en Chile está tan soslayada?
Porque no llegó. Es una cuestión histórica, más bien. Acá, en general, las ciencias sociales están teñidas de las corrientes americanas, mucho más que las europeas, y el psicoanálisis también se esparció también por contingencias políticas. Sin embargo, hoy en día hay una proliferación de psicoanálisis, y creo que cada vez más entrará en los discursos. En general, en el sentido común lo que abunda más la psicología positiva, el “orientalismo capitalista” o el coaching, que sin menospreciarlos, son terapéuticas que se quedan cortas.

Sobre eso, en Neuróticos resuena cierto escepticismo por la idea de “ser uno mismo” y la aspiración de la felicidad. ¿Por qué te interesaba hablar de eso en tu libro?

Aunque muchas veces creamos que sí, la felicidad no es el único motor del ser humano, y como contaba, pasa también porque hemos absorbido mucho de la tradición norteamericana. Sin embargo, existen otras tradiciones filosóficas que entienden que la motivación del ser humano no es la felicidad (en el sentido de que uno entienda felicidad como alcanzar las cosas que se desean). La tristeza, por ejemplo, también tiene su dignidad, sobre todo en relación al arte. Mi escepticismo de esas tendencias, entonces, pasa porque comienzan a convertirse en nuevos imperativos, y al final se vuelve muy terrible. Como dice Zizek, por qué querríamos ser felices si podemos no serlo.

¿Por qué te importaba analizar la neurosis?
Porque desde el habla coloquial siempre se trata a la neurosis como una enfermedad y se le adjudica sobre todo a las mujeres. Sin embargo, lo que propongo es que la neurosis es una condición de la existencia. Por ejemplo, si tenemos hambre, ya no solo tenemos hambre, sino que importa cuánto vamos a comer, con quién vamos a comer y así. Por eso las necesidades dejan de ser tan esenciales y se entra en la lógica de los deseos, y para eso debemos cruzarnos con otros, con quienes podemos ser reconocidos y amados. Por esa razón nunca sabemos muy bien si lo que queremos lo queremos porque lo deseamos o porque queremos que nos reconozcan.
Ese es el infierno de la neurosis, pero también nuestra salvación, en el sentido que nos empuja hacia el pacto social, hacia necesitarnos. También me interesaba hacer un elogio de la neurosis en el sentido que hoy en día muchos de los discursos –de manera medio irresponsable–, apuntan hacia un “sé tú mismo” o “despégate de los otros” como si eso se pudiera realmente. Finalmente, lo que terminan haciendo es fragmentar lo que nos queda de comunidad.

Una de las cuestiones que sucede en el libro es la identificación que uno logra con los casos o las historias. ¿Te interesaba que fuera así?
Sí, porque no es un manual clínico, sino un elogio de la neurosis. Lo que traté de demostrar es que hay distintas maneras en cómo uno dispone del deseo, pero que hay algunos enredos más o menos comunes con los que uno puede identificarse: los que fracasan cuando triunfan, los que se boicotean justo al lado de la meta o los que se creen demasiado especiales. No es que uno sea esencialmente eso, sino que cuando uno nota sus características neuróticas puede vivirlas de otra manera, con un poco más de humor, sin tomarse tan en serio uno mismo y tampoco a los otros.

Supongo que no es necesario categorizarse en un lado o en otro de la neurosis.
Lo que pasa es que hay estructuras, hay algunas subjetividades histéricas y otras obsesivas, pero efectivamente uno puede tener rasgos de muchas cosas. Mi interés, por eso, no era hacer diagnósticos, sino que los lectores empezaran a notar que más allá de las posturas oficiales o explícitas que uno tiene hay un río de cosas que yacen más abajo.

En tu libro cuentas que todas las historias son ficcionalizadas ¿Hay algo que añada la ficción a tu interpretación psicoanalítica?
Me interesaba hacerlo así porque me gusta la escritura y me gusta narrar. No soy periodista y por lo tanto no tanto no tengo la obligación de apegarme a los hechos. Y, de alguna forma, me interesaba crear historias que son retazos de otras historias, donde uno se va formado una impresión de ciertas situaciones que se repiten.

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