261
por Mariana y punto

Ayer leí en Ladyrun la historia y entrevista a Kathrine Switzer y me emocioné tanto que hasta me cayeron lágrimas; en 1967, Kathrine tuvo la osadía de inscribirse sólo con sus iniciales en el Maratón de Boston, en el que en ese momento sólo podían participar hombres -justificándose con que consideraba que las mujeres no tenían suficiente capacidad física. Kathrine se puso el número 261 (que ahora me entero de que es mítico y quiero imprimirlo en una polera!) y llegó a la meta, aunque en los primeros kilómetros trataron de sacarla a empujones. Recién en 1984, después de casi 20 años de esfuerzos como ese, se logró que el maratón fuera un deporte olímpico también para mujeres.

Cuando yo era chica, no existía el fútbol femenino ni en mi colegio ni en el club deportivo al que iba. Y si bien ahora no dudo de que el vóleibol es y probablemente será mi deporte favorito, creo que si a mis 11 años hubiera podido elegir, habría optado por el fútbol. Pero no era opción.

Ya de grande se empezaron a abrir ramas y clubes para que las mujeres jugaran fútbol oficialmente (recién en ¡1996! el fútbol femenino fue deporte olímpico), y tengo que admitir que envidiaba a las niñas que tuvieron la oportunidad de elegir que mi generación no tuvo, pero al mismo tiempo obviamente me ponía feliz de que ser mujer dejara de implicar barreras incluso en el deporte que quieres practicar.

Me imagino que por eso me emocionó tanto la inspiradora historia de Kathrine Switzer, porque permite ver que los derechos pueden ser conquistados desde distintos ámbitos, y que algunos que pueden parecer más triviales, cotidianos o menos relevantes, son también fundamentales para demostrar que las mujeres podemos y deberíamos hacer lo que queramos, sin impedimentos de género.

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