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por Magdalena Serrano

No sé si será la madurez, las tendencias o simplemente interés personal, pero hace ya unos 6 años que comencé a informarme mejor sobre prácticas más sustentables y más sanas en general para aplicarlas en mi estilo de vida.

Por una cosa de motivación propia y por su relación con mi oficio (peluquería), fue natural que comenzara por el lado de la belleza sustentable. De manera bastante orgánica, valga la redundancia, fui cambiando el champú, el jabón, desodorante, etc. regulares comprados en supermercados, por productos 100 por ciento naturales adquiridos en tiendas especializadas.

Una vez dominado este campo, me introduje al de la alimentación. No es que coma todo orgánico, pero me preocupo de comer diariamente más alimentos vivos que procesados, he tomado clases de cocina para aprender más de este tema, hice hasta una huerta en mi casa y alguna que otra vez hago detox por un par de días para limpiar un poco el menjunje que tengo dentro.

Lo que nunca imaginé es que con la ropa una puede hacer exactamente el mismo proceso y es hasta chistoso como se repiten el mismo tipo de “acciones” que finalmente la llevarán a una a ser más consciente y sustentable en esa área.

Esta semana tuvimos la segunda sesión del taller de Clóset sustentable con la sequísima Ale Cuevas quien nos enseñó a mirar la ropa exactamente igual como una mira la fruta en la feria o el champú en la farmacia y quiere estar segura de que está comprando algo de buena calidad y sustentable.

Al igual que con los alimentos y los cosméticos, lo más importante es el origen y “los ingredientes”. Es así como la etiqueta de la ropa (que generalmente una corta porque cada vez son más parecidas a una guía telefónica), pasa a ser bastante relevante. Una blusa 100 por ciento algodón, es muy diferente a una blusa hecha de 3 materiales diferentes incluido el poliéster. Un chaleco creado en Chiloé, también es muy diferente a uno creado en Bangladesh.

De esta manera una puede ir discriminando en un proceso de compra ya sea por origen, por materiales (si se degradan o no, si son de buena calidad, etc.), si son de comercio justo o libres de crueldad animal, entre otros criterios. Estando informada es una la que elige sus prioridades de selección haciendo una compra mucho más consciente.

El segundo paso es mirar el clóset y ver qué es realmente necesario, qué se puede reutilizar, qué se puede restaurar y qué puede ya regalarse para que pueda seguir siendo usado por otros. De esta manera una entra en una especie de detox de clóset, pues, al igual que con el pelo o con el estómago, la idea central es desechar lo innecesario, lo que hemos puesto ahí a lo largo de los años y se ha ido acumulando poco a poco, para dejar lo bueno, lo sano, lo que realmente nos es útil. Como dice el buen dicho: menos es más.

Debo confesar que de los tres procesos, este es le que más me ha gustado. La sensación de desprendimiento es maravillosa y creo que hasta es más fácil vestirse mejor teniendo menos.

2 COMENTARIOS

  1. Me gusto el post, acorde a la tendencia closet sustentable…Podrian postear algo sobre donde encontrar ropa de confeccion sustentable made in Chile! o q al menos la vendan aca. Volvi al gym y necesito ropa deportiva y todo proviene de industrias manufactureras explotadoras, y ya no quiero comprarme más o tratar de no comprar más ropa así. Se pasarian dando datos! 😉

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