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por Ponyta

El día que se lanzó la aplicación Pokémon Go en Chile decidí descargarla y ver con mis propios ojos por qué era la locura en otros lugares del mundo. La miré un par de días, sin hacer mucho, hasta que llegó el fin de semana y decidí salir con mi marido a pasear por Santiago y, de pasada, cazar pokemones. La experiencia fue más que entretenida.

Parada 1: Santiago
Si bien hay pokeparadas repartidas a lo largo de muchas calles, hay algunos puntos donde hay dos, tres, y hasta cuatro muy juntas, lo que lo convierten en lugares muy interesantes para juntar pokemones: llega harta gente, ponen cebos en las paradas, y eso hace que ‘lleguen’ más pokemones. Recorrimos Providencia, la Plaza de la Aviación, hasta que llegamos a las Torres de Tajamar, donde había tres pokeparadas juntas, todas activadas, y con mucha gente. En general en ese lugar –afuera del Passapoga– no anda mucha gente, así que los vecinos estaban bastante sorprendidos. Uno salió con su perro y nos contaba que por ahí es muy tranquilo, pero ahora estaba repleto. Los más felices eran quienes atendían una pequeña cafetería a la que llegaban los nuevos visitantes por un cafecito para pasar el frío. “Ha estado todo el día así”, me contó, y muy entusiasta me contaba que ahí afuera había “pokeportales, o algo así”, y que por eso había llegado tanta gente. Para otros, como un tipo de unos 35 años que quería entrar piola al Passapoga, fue más complicado porque estuvo como 45 minutos haciéndose el leso y acercándose de a poco a la puerta.

Ese primer fin de semana de lanzado el juego, vi muchos padres con sus hijos, grupos de amigos, hermanos y parejas paseando con el teléfono en la mano y la batería externa, así que claramente andábamos todos en la misma.

Parada 2: Viña del Mar
Con el fin de semana largo por delante, nos fuimos a Viña a pasar el día. Íbamos preparados con los cargadores y baterías externas, y ahora entiendo por qué supuestamente una viñamarina es la primera chilena en completar el pokédex: son los jugadores más organizados que he visto. Por la costanera aparecieron un montón de pokemones de agua, muchos de los que ni siquiera había visto pasar en Santiago. Después de caminar un montón por el centro de la ciudad, distintas plazas donde había mucha gente jugando, nos acercamos a la playa. Me sorprendió muchísimo ver, fácil, a cien personas sentadas en grupos, con los amigos, buscando pokemones. Mayor sería mi sorpresa cuando nos dimos cuenta de que había alguien con un megáfono y que estaban organizados. En la orilla inferior derecha de la pantalla aparece la información de los pokemones que están ‘cerca’. Estábamos en la mitad de tres pokeparadas, así que sabíamos que por ahí andaba un pokémon muy extraño y poderoso, por lo que nos sentamos un rato a esperar. De repente, el tipo del megáfono empieza a llamar a sus amigos, y al final enciende la alarma avisando que había un aerodactyl en la orilla de la playa: salieron todos corriendo –sí, incluyéndonos– a atraparlo. Algunos pudieron, a otros se les escapó, pero entre que estaban todos muy entretenidos, a mí me daba mucha risa el nivel de organización y buena onda.

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Después de estar en días distintos en dos ciudades diferentes, la verdad es que cada vez me cae mejor Pokémon Go. La gente sale a caminar, a recorrer la ciudad y pasar por lugares que, a pesar de visitar a menudo, no vemos. Murales, esculturas, placas conmemorativas, edificios. Es cierto que hay muchos caminando solos, pero son más los que salen en grupos y se cuidan entre ellos. Al menos en esta primera etapa del juego en Chile, ha sido una experiencia muy entretenida.

1 COMENTARIO

  1. El finde estuve en Viña y salí junto a mi hermano a atrapar pokemones. Nos fuimos caminando a la Quinta Vergara (donde hay muchas pokeparadas) y me sorprendió ver tanta gente jugando, yo diría que al menos el 90% de la gente estaba dedicada a eso, desde grupos de chiquillos jóvenes hasta papás con hijos chicos.
    Aunque al principio choca un poco ver a la gente pegada al teléfono, me parece super bueno que el juego te incentive a salir a la calle, a caminar y a conocer lugares por los que tal vez muchas veces uno ha pasado sin mirar, por lo menos en el caso mío creo que pocas veces me había levantado un domingo temprano a caminar por tanto rato (hasta desbloquié un huevo de 2 km!)

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