Cuando hablábamos con los muertos: terror y realidad

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cuandohablabamosconlosmuertos
por La Torrance Shipman

Me leí este conjunto de tres cuentos, o dos cuentos y una novela corta, uno cada día, por una suerte de restricción propia que me invento cada vez que me gusta demasiado algo, en donde espero que dure lo más posible, lo que no evita que a veces caiga en atracones de libros, en que me lo leo todo, bulímicamente. Pero esta vez no, esta vez, andaba de señorita. Y Cuando hablábamos con los muertos, al ser mi primer acercamiento al género de terror, como adulta, con problemas de adulta, con mi falta de tiempo libre (¡qué cosa más adulta!) obviamente no era para nada lo que yo esperaba. No hay monstruos sobrenaturales, no hay posesiones infernales; nadie, en medio de la noche, persigue cuchillo en mano a una chica adolescente que corre en sostenes. Nada de eso.

Lo que nos presenta la autora argentina Mariana Enríquez es una cotidianidad urbana, que se va volviendo tenebrosa en lugares a pleno sol, con personajes creíbles, a los que una bruma espesa los va cubriendo de a poco, y se sumergen en un ambiente que desconcierta, pero que podría suceder; que conforme se va leyendo se piensa que nos podría pasar, y de repente, estás creyendo todo, asustada, y no quieres que se acabe, pero sí mejor que se acabe, y tienes ese saborcillo que me habían dicho que da este tipo de género, que te asusta pero te gusta.

Me atrevo a decir, como experta de tres días (en que leí e investigué), que en estos textos se pueden identificar diferentes formas de terror: desde aquel que te da un miedo tipo impresión, de nervios, pasando por aquel terror que te perturba, que te impregna de ideas que te dan vueltas varios días después de haberlo leído, llegando a ese miedo que produce efectos físicos, que te aprieta la guata.

El primer cuento que le da nombre al libro (y que se puede leer totalmente en conformidad con la normativa de derechos de autor en este link) es sobre un grupo de amigas, que son compañeras de colegio, y se entretienen jugando con una ouija, en donde la particularidad está en el tipo de espíritus que intentan invocar.

Luego está Las cosas que perdimos en el fuego, que me voló la cabeza; habla de una plaga en Argentina de mujeres que, cansadas de que los hombres abusen de ellas y las quemen, literalmente deciden ser ellas quienes se auto-provocan las quemaduras, realizando grandes hogueras, que son ceremonias clandestinas y dementes en donde cada una del grupo tiene una labor de cuidar, de seguridad, de ser el tributo a las llamas. Esto me hizo poner la piel de gallina. Soy una gran cobarde.

Quizás es un poco en respuesta a este clima nacional en donde casos como el de Nabila Rifo, quien fuera agredida brutalmente por su ex pareja en Coyhaique, es que dicho cuento se volvió demasiado real, angustiante de imaginar, y que tiene como una manifestación chilena en este grupo de mujeres de la Red contra la violencia hacia las mujeres, en que llenas de energía e indignación encienden velas, cuelgan pancartas, y exigen justicia afuera de la posta central, todos los días, hasta que despierte, o quizás hasta que no haya ninguna Nabila más.
El problema es que lo anterior no es un cuento, no puedo cerrarlo y decir mejor no lo leo, porque es real; pero espero que ninguna mujer se haga daño así misma de la forma en que lo describe Mariana Enríquez, pero la lucha está latente, y el miedo y la rabia pueden hacer dar pasos hacia mundos menos lógicos, lo que es atemorizante.

Y por otro lado, en Chicos que vuelven, la autora nos habla de aquellos niños entre perdidos y abandonados, ya sea por la droga o por la pobreza, esos que nadie quiere, que nadie cuida, que ya nadie busca, pero que un día sin saber razones, reaparecen en los parques de Buenos Aires, tal y como lucían el día en que ya no volvieron, todos juntos, haciendo pasar a sus familiares desde la alegría del reencuentro, hasta el miedo hacia lo desconocido.

Entonces, me veo ante un terror adulto, donde desde los defectos de una sociedad me dicen qué consecuencias podrían traer y que podrían llegar a convertirse en horrores que conviven con mis temores de adulta, como de tener un accidente en la calle y andar con los calzones de trajín, de quedarme sin pega, que mi madre muera, que aquella realidad de los noticieros me llegue a tocar de cerca, de que aquello negro que convive con nosotras salga a la luz.

Bueno, para eso leemos, para que nos pasen cosas; donde los libros a veces funcionan como espejo donde se amplifican los miedos que tenemos en la adultez y nos permitan ponernos alerta, para dejar de andar de señorita por la vida, y abrir los ojos en la oscuridad, y asustarse.

Este y los demás libros del club de lectura de la Fábrica Zancada están disponibles en la Biblioteca Viva Egaña y en la librería Catalonia de Las Urbinas 17, ambos lugares donde tendrán un 20% si van de parte de Zancada.

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