La extranjera que traduce a los chilenos

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por Cristóbal Carrasco

Es un titular que parece exagerado, pero no lo es: Megan McDowell es la traductora de los chilenos al inglés. Comenzó con Alejandro Zambra, cuya traducción por Formas de volver a casa ganó el English Pen Award for Writing in Translation. También ha trabajado con obras de Álvaro Bisama, Arturo Fontaine, Juan Emar y muchos otros trabajos que aún se encuentran inéditos. Desde hace muy poco tiempo reside en Chile, donde nos cuenta sobre su oficio y la particularidad de traducir a los chilenos.

¿Cómo llegaste a traducir a tantos escritores chilenos?
Yo aprendí español en Chile, por casualidad. Alrededor del 2003 había decidido que quería ser traductora, y por eso necesitaba aprender otro idioma. Me había enganchado con la literatura latinoamericana, que para mí en ese tiempo era una sola cosa, y por eso quise aprender español. Vine a Chile porque un amigo vivió acá y me convenció que era un lugar espectacular. Vine, y le encontré la razón. Pasé unos años acá y luego volví a EEUU para hacer un master en traducción literaria, siempre pensando en autores chilenos. De hecho, después de un semestre, echaba mucho de menos a Chile, volví para el verano, y dediqué mucho de ese tiempo buscando un proyecto de traducción. Hablé con algunos editores, vendedores en librerías, y les preguntaba quiénes eran los autores contemporáneos más interesantes. Me respondían con muchos nombres, pero el único en que todos coincidían era Alejandro Zambra. Por eso empecé a traducirlo para un taller, y luego publicaron ese libro (La vida privada de los árboles) en Open Letter. Empecé a promover otros autores que me interesaron, como Juan Emar, como Álvaro Bisama, y luego editores vinieron a mi cuando tenían un autor chileno para traducir, como fue el caso de Arturo Fontaine. Al final, supongo que traduzco autores chilenos porque mi español y mi experiencia han sido chilenas, siento más confiada al traducir a un chileno porque puedo escuchar las palabras cuando leo, me sé la música un poco mejor que con un autor español o uruguayo.

¿Existe alguna particularidad en la narración de los chilenos, algo que te haya complicado la traducción?
De alguna manera traducir un autor chileno es más cómodo para mi, pero sí hay algunas particularidades chilenas, más que nada palabras o ideas particulares a la cultura de acá. Lo más obvio tendría que ser la palabra huevón. Claro que se puede traducirla de distintas maneras, dependiendo del contexto; a veces la dejo sin traducir, y sólo trato de comunicar el tono. Pero siento una misión en mi labor de traductora lograr que la palabra “huevón” sea conocida en inglés, igual que el “che” argentino o el “cabrón” mexicano. Son palabras que los traductores muchas veces dejan intactas porque ya los lectores entenderán. Quiero enriquecer el inglés con esa palabra tan chilena.

Otros ejemplos son palabras relacionados a la política y las clases sociales. Palabras como “milico”, “facha”, “cuico” que son tan comunes en un contexto chileno, presentan problemas en inglés. Cada vez que me encuentro con una, tengo que inventar algo adecuado al contexto, que a veces incluye la palabra con una ampliación (“he was a facha right-wing bastard” o algo así). No sé si sea la solución más elegante.

¿Tienes algunos principios inviolables a la hora de traducir?
¡No huevís la huea! (Don’t fuck it up!)
En serio, bueno, lo más importante es que suene bien, lo peor que puede hacer un traductor es tener miedo de cambiar algo, o evitar pensar en todas las posibilidades. Traducir es leer con la mente totalmente despierta, tienes que estar siempre interpretando y cuestionando todo. El concepto de fidelidad es muy resbaladizo. Traductores principiantes muchas veces cometen el error de pensar que la fidelidad significa mantener la estructura de una frase y usar las palabras más cercanas, cuando en realidad es mejor, más convincente y estéticamente agradable, usar el lenguaje como se usa en inglés. En eso también, sin embargo, uno puede atascarse, porque no existe sólo una manera de usar el inglés, sino muchos, y tampoco quieres aplanar o normalizar un lenguaje excéntrico o insólito. Hay que saber cuando ser coloquial o “normal,” y cuando el lenguaje tiene que chocar contra el lector.
Para responder a la pregunta, en la traducción como en la escritura no hay casi nada inviolable si el resultado es bueno. La diferencia es que la traducción implica siempre una negociación con esa idea de fidelidad; es una tira y afloja constante.

¿Crees que has tenido satisfacciones al traducir un libro?
Una cosa que he aprendido es que es indispensable disponer de tiempo suficiente para un trabajo. Hay que poder hacer la traducción, editarla hasta que te parezca perfecto, y luego dejarlo por algunas semanas o algunos meses. Luego, al volver a leer, tienes ojos nuevos y ves cosas que no podías ver antes, cuando todavía tenías ecos de la versión en español resonando en tu cabeza. Yo casi no puedo leer una traducción mía sin querer cambiar algo, pero hay cosas que hemos trabajado mucho, como varios de los cuentos en Mis documentos, de Zambra, que va a salir en febrero con McSweeney’s el EEUU. El cuento “Camilo”, por ejemplo, trabajamos mucho porque salió en el New Yorker; ahora creo que es perfecto, lo leo y me pierdo en la historia; me conmueve, que es algo inverosímil considerando que lo he leído docenas de veces.

Sobre las realidades de la traducción, cuáles son las diferencias con los libros con los que has trabajado? Con cuáles es más difícil o más fácil trabajar?
Ahora estoy trabajando en un libro de un autor español, y me siento en tierra más inestable ahí. Creo que va a terminar siendo el libro más difícil que he traducido hasta ahora, porque debo lidiar con dichos y expresiones desconocidas, además de palabras catalanas e incluso algunas excentricidades gramaticales que me son ajenas. Aparte de eso, la relación con el autor influye mucho. He tenido suerte, la mayoría de los autores con que he trabajado son muy generosos, están dispuestos a responder a preguntas pero no toman el control del texto. En cambio, si el autor está muerto, como fue el caso de Juan Emar, por ejemplo, o si el autor no quiere ser involucrado en la traducción, no puedes hacer preguntas y sólo tienes el texto. En ese caso tienes que habitar un poco más dentro del autor, tomar decisiones con ese alter ego; eso puede ser más vertiginoso.

Estados Unidos es un país y un mercado muy pequeño para traducir autores extranjeros. ¿Por qué crees que sucede eso?
Podría hablar todo el día sobre esto. Primero, el publico de lectores, en principio, es pequeño: hay muchos que nunca leen o solo leen uno o dos libros al año. Escogen ese uno o dos según lo que están leyendo los demás: quieren comentar Perdida con sus amigos y compararlo con la película. Para que alguien se interese en la literatura extranjera, hay que tener una curiosidad verdadera en lo que está pasando fuera de EEUU, y salir a buscar los libros que les van a interesar; los que, por lo demás, rara vez van a poder comentar con sus conocidos, y por eso el acto de leer se vuelve aún más solitario. En general hay muy pocas maneras de llegar a la literatura de otros países, pues no la leemos en el colegio y muy poco en la universidad. No hay mucha conciencia de las tradiciones literarias de otros países, y por eso lo que sí llega a ser traducido no tiene mucho contexto, cae en un vacío de entendimiento cultural e histórico. Por mi parte, pienso que esto es una síntoma de algo muy peligroso en mi país, una tendencia xenófoba, sí, pero también una adherencia a la idea de excepcionalismo norteamericano, que empieza con la suposición que nuestra cultura y nuestro sistema son los mejores y el resto del mundo nos sigue el paso. Varias personas me han preguntado, sinceramente curiosas por la respuesta: “¿Por qué debería leer algo traducido, cuando hay tanta buena literatura escrita en Estados Unidos?”. Siempre me dejan boquiabierta.
Creo (y espero), sin embargo, que las cosas están cambiando. Ahora hay muchas editoriales más o menos pequeñas y independientes especializadas, sea en literatura de alguna región, o en traducción en general, o simplemente están más abiertas a tomar riesgos. Si les interesa podría mencionar no solo las “grandes-pequeñas” como Archipelago, New Direction, Melville House, y Open Letter, sino otras mas nuevas como New Vessel, Deep Vellum, Frisch & Co., y The Unnamed Press, entre otros. Creo que lo que estamos viendo es un cambio un poco parecido a lo que pasó o está pasando con la música. Antes teníamos unos pocos grandes sellos, y todos compramos los mismos discos de los mega-stars. Ahora, con los medios digitales, no necesitamos los sellos y hay mas diversificación en géneros y estilos. En literatura todavía tenemos los grandes, que publican algunos autores extranjeros buenos y rentables, pero también hay espacio para editoriales, autores, y lectores con intereses más “de nicho”. Ahora que la literatura en traducción sea un interés “de nicho” no creo que sea bueno, pero por lo menos es un paso en la dirección adecuada.

Foto: The McSweeney’s Store

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