Hacer historia y estar ahí para ser testigo

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por Lala

Lo del sábado no se me va a olvidar nunca.

Tuve la fortuna de ir a todos los partidos de Chile, de alentarlos con fuerza en cada encuentro. Sufrí en la galería con cada gol, con cada tapada de Bravo, con cada lujo de Alexis, con cada error, con cada pase que llegaba a los pies del rival. Ayer, además, despedimos con un minuto de silencio a Carlo de Gavardo, un homenaje pequeño pero necesario para otro de nuestros grandes deportistas.

Siempre creí que Chile podía ser campeón. Por eso ayer estaba convencida de que iba a ser un partido tremendo, y así fue. Nunca había vivido una final y el corazón no se me tranquilizó en los 120 minutos que duró el partido. Es indescifrable esa sensación cuando ves que se va armando un ataque, un contragolpe, ver cómo se miran los jugadores de un extremo a otro, avanzan hacia el arco y todos nos vamos levantando de los asientos, listos para gritar el gol… y ayer estuvimos así tantas veces. Me agarraba la cabeza, hasta ese casi gol de Argentina en el minuto 90 que nos dejó con los pelos de punta.

Y después el alargue y la intuición de que esto pintaba para lo peor: los penales. Donde no importa si jugaste bien todo el partido, si sólo aguantaste o si saliste a buscar y buscar. Ahí, abrazada con mis amigos, nerviosos, vimos cómo hacíamos historia. El penal perdido, el penal tapado por Bravo y la opción estaba ahí, intacta. Un gol más y se acababa la mala racha, el siglo de derrotas y triunfos morales. Me temblaron las piernas, no lo podía creer. Estábamos haciendo historia y estaba ahí para ser testigo. Lo que vino después fue una gran fiesta: saltos, cantos, abrazos, gritos. Esperamos la premiación, le cantamos a Messi que era un cagón (después de que la barra argentina que teníamos al lado nos cantaba que de la mano de Lio iban a ser campeones…) y los vimos dar la vuelta: la primera vuelta, copa en mano.

Y sí, es cierto que la Copa estaba hecha para que pudiéramos avanzar a semifinales sin grandes contratiempos, pero los partidos había que ganarlos. Había que ganarle a Uruguay y, sobre todo, había que ganarle a Argentina, contra quien los números no nos acompañaban en lo absoluto.

Nunca pensé que iba a ver esto. La lección que me queda no es que hay que creerse la raja ahora, sino que simplemente hay que aprender que sí se puede. Que la historia está hecha para que podamos aprender y no para que sea una carga que no nos podemos sacar de encima. Siempre podemos ser mejores, siempre podemos ser una versión distinta de nosotros mismos.

Mención aparte para las 40.000 banderas que regaló Leonardo Farkas, pucha que se veía lindo el estadio.

¡Grande, Chile campeón!

1 COMENTARIO

  1. La emoción de la historia vivida hace que valgan tanto la pena el cansancio, resfrío interminable y moretones en el cuerpo. No sé si había una mejor forma de salir campeones por primera vez que ganándole a Argentina y con una revancha de penales =)

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