El chileno que traduce a los extranjeros

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aullido
por Cristóbal Carrasco

Rodrigo Olavarría (Puerto Montt, 1979) es reconocido por traducir para la editorial Anagrama los poemas de Allen Ginsberg, lo que ya sería suficiente para entrevistarlo, pero además de su obra personal (que se refleja en el excelente Alameda tras las rejas del año 2010), ha trabajado textos de Sylvia Plath y últimamente la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters, para la editorial chilena Das Kapital. Conversamos con Rodrigo sobre su visión de la traducción desde Chile.

Trabajas en distintos géneros, desde la ficción, la poesía a la traducción. ¿Sientes que esas actividades son diferentes para ti, o están conectadas de alguna manera?
Son actividades diferentes, pero hay aspectos en que las siento absolutamente conectadas, depende del texto que traduzca. Digámoslo así, soy permeable a los tonos de la mayoría de los textos que leo y traduzco y ante la idea de los géneros literarios siento la provocación de estar ante una arbitrariedad que no me interesa mayormente, nunca me he detenido a pensar a qué género pertenecen las Meditaciones de Marco Aurelio, El libro del desasosiego de Fernando Pessoa o La tumba inquieta de Cyril Connolly. Para mí siempre han sido las Meditaciones, El libro del desasosiego y La tumba inquieta. Creo que cada libro es un género en sí mismo y esa es una de las ideas que guía mi escritura, desde luego está presente en mi libro Alameda tras las rejas.

¿Qué fue lo que te dejó traducir a Edgar Lee Masters y a Ginsberg?
Creo que traducir Aullido & otros poemas (publicado el 2006, pero traducido mucho antes) me dio la confianza para abordar proyectos grandes y creer en mi visión, porque traducir un libro de poesía es un trabajo que puede extenderse eternamente si no se tiene claridad sobre el texto que se está trabajando. La traducción de Edgar Lee Masters, publicada casi ocho años después que Aullido, fue un trabajo enorme que comprendió lecturas, traducciones, correcciones y, muchas veces, partir desde cero con algunos poemas. De la traducción de Antología de Spoon River puedo decir que emergí con una admiración tremenda por la estructura del libro, la simpleza de su premisa, la infinita complejidad de su construcción, la inagotable heterogeneidad de las voces y el desolador parecido de los dolores de cada personaje. Luego, mientras traducía Kaddish & otros poemas de Allen Ginsberg, obtuve el mejor regalo, reencontrarme con la poesía de Ginsberg, con su espontaneidad y su sabiduría cándida y salvaje. Cabe aquí decir que Kaddish era mi poema favorito cuando tenía dieciocho años, que lo leí y lo releí durante años, hasta que llegó el momento de traducirlo.

¿Tienes algunos principios inviolables a la hora de traducir?
Creo que puedo reducirlos a tres ideas, ser humilde, no temer a los riesgos y estar dispuesto a partir desde cero. Suenan como el ideario de un samurái y así es como intento aplicarlo. La idea de poder partir desde cero fue una lección de Rodolfo Rojo, traductor de Los poemas calamus de Walt Whitman. Cuando le mostré mi traducción de Aullido por allá por el 2002 me felicitó, pero al mismo tiempo me dio las señas de cómo revisar el poema completo y hacer cambios que fueron fundamentales.

¿Cuál es el proceso de trabajo al traducir un libro?
Depende, porque Aullido y Kaddish son libros que tenía en el ADN a la hora de traducir y no tuve que realizar mucho trabajo de preparación antes de partir, en cambio, Antología de Spoon River requirió un entrenamiento como el de Rocky Balboa en la Unión Soviética. No hice demasiados abdominales, pero sí leí mucho sobre historia de EEUU, sobre la guerra civil, la biografía de Lincoln de Carl Sandburg y varios autores del renacimiento literario de Chicago, movimiento al que pertenece Edgar Lee Masters. Dicho eso, debo admitir que disfruto tener una directriz que guíe mis lecturas, que generalmente se superponen una a otra de manera caótica.

Alguna vez dijiste que te gustaba la sensación o capacidad de desaparecer cuando traducías un libro. ¿Sigues creyendo eso?
Me parece que dije que el trabajo de un traductor debería tender hacia la invisibilidad. Porque un traductor que se hace visible, cuyas elecciones estéticas o del tipo que sean son impuestas al lector, es una persona poco generosa, sin sentido del humor, sin la capacidad de quitarse por un rato la máscara de autor y dar de sí algo más que su propia vanidad. Es por eso que admiro a gente como Juan Ferraté, el traductor de los líricos griegos arcaicos; a Marta Rebón, la traductora de Pasternak, Búlgakov y Tolstoi; y a Martin L. West, traductor de Homero. Aman lo que traducen y viven para ello.

5 COMENTARIOS

  1. Cristobal, muchas gracias por compartir esta entrevista.
    Al igual que Dubois me quedo con la sensación de que Rodrigo Olavarría no es la persona más agradable que existe (aunque acá nos importa por su rol de traductor y no por su simpatía), pero probablemente se debe al uso del “yo” sin tapujos y porque me da la impresión de que esta entrevista se hace por escrito, cuestión que a veces nos quita frescura.

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