El decálogo de Liliana Colanzi

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liliana
por María José Viera-Gallo, foto: Carla Mc Kay

Una ola nos sorprende desde Bolivia.

Es el primer titular –antojadizo y sí, atávico –con que se me ocurre abrir este post sobre La Ola, el bello libro de cuentos de la autora boliviana Liliana Colanzi (1981), editado por Montacerdos.

El mundo de Colanzi se abre con una imagen sangrienta de su infancia boliviana: “Una vez cuando era niña, vi matar a un chancho” y termina vagando entre los moteles y viajes de la adultez con “un corazón gastado, estremecido, temblando de amor”. Entre todas las edades, se levanta la ola de la vida, siempre silenciosa y amenazante.
Frente a cualquier ola hay dos posibilidades: capearla o acusar el golpe.
Liliana opta por lo segundo. ¿Será ese finalmente el secreto de la literatura femenina? Hipersensibles, enfermos de melancolía, postrománticos, andinos y pop, cuatro de estos siete cuentos –algunos ya habían sido editados en su primer volumen Vacaciones Permanentes (2010) –los escribió bajo el embrujo de la nieve de Ithaca, al norte de Nueva York, donde estudia un doctorado en Letras, pero con su Bolivia natal en el RAM.
De paso por FILBA Santiago y una presentación llena de vino y rock, a cargo de Alvaro Bisama en el bar José K, Liliana contestó estas diez preguntas, que en realidad, y sin explicación alguna, son once.

Publicaste Vacaciones Permanentes a tus 30. En una dedicatoria a Fuguet que yo leí (porque Fuguet me prestó tu libro) dices que son cuentos de chicos perdidos. ¿Quiénes son esos chicos?
Los que crecimos en los 90s en la fiesta prestada del derroche neoliberal, incómodos pero sin poder encontrar la puerta de salida, o mejor dicho sin saber que existía una puerta de salida.

En el cuento “1997” dices que sucedieron muchas cosas en ese entonces en Bolivia, como el hecho de que Mc Donald abrió su primer restaurant ¿Se pueden leer los 90s en Latinoamérica en clave cheeseburguer?
La presencia de McDonald’s en Bolivia fue en su momento un indicador de desarrollo. Si las cadenas de comida chatarra norteamericanas querían hacer negocios con nosotros, significaba que no estábamos tan atrasados. Por eso la partida de McDonald’s el 2002 se vivió como un trauma y un fracaso: la gente hizo cola para comer el última cheeseburger, el último cliente recibió orgulloso su diploma, la prensa fue a cubrir la despedida con mariachis. Después se ha querido reescribir la historia diciendo que en realidad los bolivianos hicimos quebrar a McDonald’s, que preferimos la comida típica, pero no fue así. Hoy nuestra relación con el imperio ha cambiado, pero nos seguimos babeando cuando nos enteramos de que Starbucks o Hard Rock Café llegan al país.

Kurt Cobain es una figura protagónica en tus crónicas de The Clinic, un duelo que sigues interpretando. ¿Qué murió con su muerte?
Si menciono a Cobain es porque lo considero el síntoma de todo lo que salió mal en los 90s: el tipo critica el sistema exitista y termina convertido en superestrella. Me parece nefasto e inevitable que Cobain sea el icono de los 90s: sus canciones hablan de alienación y de conversaciones con amigos que viven en tu cabeza y hacen de la autodestrucción una forma de protesta pero también un refugio narcicista. Me llevo mejor con el aire de estos tiempos, más optimista, más utópico y también, por suerte, menos inocente.

¿Cómo es despertar y dormirse con un escritor al lado? ¿No temes que te lea demasiado tu mente, tus codos, qué se yo…?
Habría que preguntárselo a él. Yo soy la que tiene insomnio y se la pasa contando ovejas y escuchando la voz insoportable de la radio interior.

¿Hay parejas de escritores en las cuales no te gustaría convertirte o al revés que sí te parezcan un buen modelo?
Hay varias formas de autodestrucción de a dos. La más obvia es la de Sylvia Plath y Ted Hughes, pero también hay dinámicas perversas como la de Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sarte, que usaban a otros y otras como sponsors del ego.

Faltan más voces amazónicas y femeninas, menos voces masculinas y andinas, dijiste en un importante periódico chileno. Explícame más
Cuando se habla de Bolivia se dice “el país andino”, pero Bolivia es 60% amazónico. Ese imaginario todavía está por descubrirse en la literatura. Y claro, me encantaría que aparecieran más escritoras. Casi todo el canon boliviano está compuesto por hombres.

En la Ola hay varios relatos cobre el ser inmigrante y literato en USA. Tú vives allá. ¿Hay algo que la ficción no puede retratar y puedas contarnos acá?

Una de las cosas más aterradoras que he vivido ocurrió a los pocos meses de llegar a Oxford, Inglaterra. Trabajaba como mesera en un restaurante y, a la salida del trabajo, pasada la medianoche, un colega se ofreció a llevarme en su auto, después de dejar a sus amigos. Me tuvieron dando vueltas por la ciudad, haciendo bromas sobre la posibilidad de matarme y tirarme en algún vertedero. Hay un tipo de vulnerabilidad y de soledad que solo se experimenta con la migración. Obviamente, depende qué tipo de migración: es distinto ser una estudiante de doctorado con beca y seguro de salud a ser recolector de manzanas en Pennsylvania.

¿Cómo te imaginas dentro de una década?
En Indonesia, comiendo pizza, viendo llover. En alguna carretera. En la selva. Con el diablo de la curiosidad arrastrándome a algún lugar nuevo.

Una mujer por la que te harías lesbiana.
No me interesan las celebridades, pero sí ha habido mujeres reales que me han sacudido.

¿Le faltan mas chicas borderline como algunos de tus personajes a la literatura latinoamericana contemporánea?
Más que personajes, faltan escritoras en Latinoamérica.

Hablando del título de tu libro, ¿Cielo tierra y mar para Bolivia?
Mar para Bolivia, por supuesto.

La Ola es editada por Montacerdos (de Diego Zuniga) y se puede comprar en las librerías Qué Leo, Metales pesados, Ulises, Catalonia.

3 COMENTARIOS

  1. Esta chica fue la que dijo en una entrevista “Escribir se convirtió en una forma de reinventar la realidad” y con eso me ganó para siempre, es de mi generación, es piola e inteligente, es interesante de leer e imagino sus cuentos también, así que voy por ellos.

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