Los espejos que nos encontramos en la calle

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por lucy

Cuando chica iba al Apumanque. Era el mall de mi adolescencia, en el que comí mis primeras hamburguesas de McDonalds (a 100 pesos), compré mi primer cassette en la Feria del Disco, algunos libros para el colegio en la librería Andrés Bello, y las tarjetas de Navidad y cumpleaños en la tienda Village, probablemente mi favorita de todo el centro comercial y la única a la que sabía llegar (nunca logré ubicarme bien en los pasillos cuadrados del Apumanque).

Después el Apumanque se quemó, desapareció la obra de Matilde Pérez, trataron de empezar a decirle “Apu”, el Faro se transformó de heladería Savory a McDonalds a farmacia y a un banco, yo dejé de vivir cerca, y dejé de regalarle tarjetas Village a mis amigos para Navidad.

Pero algo que creo que no ha cambiado son los espejos de la entrada de calle Apoquindo. Ese pasillo que está lleno de espejos, en los que es imposible no mirarse, en los que cuando chica me miraba sin disimular, y entre los que ahora trato de hacer como que no me miro.

Mis espejos callejeros favoritos son los de los paraderos de micro, en los que puedes mirarte pasando piola mientras caminas por la calle; igual a veces no puedo evitar mirar mi reflejo también en las ventanas de los autos estacionados, y en los vidrios de las tiendas.

Necesito un espejo de cuerpo entero en mi casa, así quizás me busco menos en mis reflejos que pillo en la calle.

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