Tony Soprano, el mafioso insuperable de la televisión

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por Daniela Paz y Sole Camponovo

Algo había de malo en nosotras al encantarnos con un personaje como Tony Soprano: infiel, mató a su mejor amigo y a su protegido. Pero durante las seis temporadas que duró la serie no podías hacer otra cosa que quererlo.

Porque si es posible enamorarse de un personaje de ficción, nosotras estábamos completamente enamoradas de Tony Soprano. Su sentido del humor, cómo cuidaba a su familia, lo vulnerable que se veía cuando estaba sentado frente a su siquiatra, cómo disfrutaba la comida y su risa. Que es la risa de Gandolfini.

Tony Soprano debe ser de los personajes más complejos que se han inventado. Sus conflictos: una madre nefasta, a la que odiaba, pero en la que siempre busco algo de amor; amigos de la vida en los que no podía confiar, pero que tampoco podían confiar en él; sus crisis de pánico; su mujer, que se cansó de aguantar sus infidelidades; y sus hijos, a los que pretendió criar como si no fueran los herederos del jefe de la mafia de New Jersey.

Lo único que nos pone contentas de la temprana muerte de James Gandolfini, que para nosotras es Tony Soprano, es que murió en Sicilia. Una vez en la entrevista que le hicieron en el Actors Studio él habló con cariño de Italia y sus antepasados. No sé por qué creo que no le habría molestado morir allí.

Ahora sabemos que murió e instantáneamente se convirtió en uno de los iconos más importantes de la cultura televisiva, podremos analizar con cuidado su carrera, todos los diálogos que se tuvieron en la serie que nos enseñó desde por qué no cocinar luego de abrocharte los zapatos y el clásico “You don’t shit where you eat. And you really don’t shit where I eat”. Chau Tony, donde vayas te van a recibir las mismas chiquillas del Bada Bing.

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