Entrevista a Cristián Jiménez, director de Bonsái

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por Mariana y punto

Entrevistamos a Cristián Jimenez. Acá, el director comenta por qué trabajó más de un año en el casting, sobre su abuela que participa en la película y porque no supo hasta que terminó la película, la edad del actor protagonista.

¿Es muy distinto hacer un guión adaptado en vez de uno original?
Yo creo que no es tan distinto, cuando he trabajado en otros guiones siempre se tiene un material de base. De alguna manera Alejandro Zambra (escritos de Bonsái) fue tan relajado y estuvo de acuerdo con que hubiera libertad y fue generoso. Yo sabía que había un desafío de adaptación que tenía que ver con no traducir la trama, porque el chiste de Bonsái no está en la trama y es súper literario… cómo llevar eso a algo más propiamente cinematográfico fue complejo.

¿Cómo sientes que has evolucionado desde Ilusiones Ópticas?
Yo antes de Ilusiones Ópticas sólo había hecho cortometrajes, y en los cortos uno tiene un nivel de control absoluto. Cuando pasai al largo hay que aceptar que es un mastodonte, que es más grande que tú, y tienes que permitir que las cosas ocurran sin tener el control minucioso que sí tuviste en los cortometrajes.

¿En Ilusiones Ópticas querías controlarlo todo?
Todo. Cada detalle. Además que la visión de totalidad es fácil tenerla, no se te escapa de la vista. En Ilusiones Ópticas no quería soltar nada y eso no fue tan buena idea.

¿Qué fue lo más complejo de la película?
Lo que yo sabía que iba a ser complejo en Bonsái iba a ser el cásting, porque es una película que tiene un personaje muy protagonista, y yo sabía que quería que estuviera Julio en todas las escenas. Sentía que era la decisión de adaptación más determinante. La elección de quién iba a ser Julio era probablemente la más importante de todas las decisiones que yo estaba tomando.
Cuando empecé a adaptar me di cuenta de que ahí era donde se jugaba el proyecto, entonces empecé a escribir e inmediatamente empecé a hacer casting; no esperé a tener el guión, escribí dos escenas para que hubiera algunos diálogos y empecé a hacer casting de Julio, Emilia y Bárbara. Luego terminé el guión, empezamos a producir, y al final de todo recién terminé de elegir a Julio. Desde que empecé hasta que terminé de hacer casting pasó como un año y fueron muchos actores, de hecho hubo tantas audiciones que luego no ensayé, porque todos los actores que quedaban habían estado mínimo en 10 audiciones. Creo Nathalia Galgani debe haber estado por lo menos en 15.

¿Y Diego Noguera estaba desde el principio del proceso?
Apareció en la mitad. Yo había partido con una idea de casting donde Julio se veía un poco más chico y también Blanca se veía un poco más joven, y de repente decidí abrir un poco el espectro. De hecho Diego entró con una mentira, porque no él, pero otra persona desde el principio me decía llama a Diego y me dijo “Diego tiene 25 años”. Dijo eso y me convenció.
Después de haber hecho la película estábamos en un festival en Estados Unidos y ahí descubrí que tenía 29. Yo le dije y me contestó “yo no dije nada”. Él omitió y siempre se encargó de no decir nada (risas). Diego trajo algo al personaje, que era súper fuerte. Es de esas personas que tiene varias edades adentro. A veces es un viejo de 70 años pero a veces lo miras a los ojos y te lo imaginas cuando era chico. Podía transformarse a través de pequeños gestos y de la interpretación. De hecho una de las cosas que decidí como parte del proceso de Bonsái, fue no hacer maquillaje, esta película se hizo sin maquillaje.

¿Por qué?
Sentí que había toda una cuestión ritual ahí que mataba mucho tiempo y que en este caso me parecía que se podía salir adelante. Con el maquillaje ya te esclavizas y tienes que emparejar todo… se han hecho muchas películas sin maquillaje. Fue una forma de poner el tiempo en cosas que verdaderamente son más decisivas.
El método de trabajo en el set fue súper carnaza, en el sentido de tener las luces listas, yo les decía lo que tenían que hacer y la cámara corría y se grababa altiro. Sin ensayar posiciones, sin pasar los textos, entonces de alguna manera esas primeras tomas empezaron a ser súper interesantes. Me había pasado antes, que mientras preparábamos todo en esos ensayos lográbamos algo que después no se repetía. Entonces ahora me aseguré de no perderlo nunca.

¿Cómo es tu proceso de escribir?
En general yo trato de entender cuáles son las escenas que realmente importan, y esas escenas las escribo. Empiezo a ver en qué orden van o cómo se unifican o relacionan para que sean parte de lo mismo. Tomo un montón de notas en un cuadernito, ando siempre con una libreta en el bolsillo así como por la vida y anoto todo. Después esos fragmentos empiezan a unificarse unos con otros hasta que se genera un solo relato. En Bonsái yo sabía ciertos temas que necesitaban, entonces por ejemplo, me juntaba con un amigo y le preguntaba “qué hacís con un libro que sabís que no vai a leer” y empezaba a sacar ideas.

¿Cuáles fueron las primeras escenas en torno a las que armaste Bonsái?
La escena de cuando Julio se quema con el libro, que era lo que necesitaba para arrancar la película y la saqué de un cuadro que vi. Lo último que escribí fue el arranque del narrador, lo de “Al final Emilia muere…”. También súper temprano decidí que quería poner a la abuela del personaje; quería que no hubiera padres, pero me gustaba que hubiera una abuela y que ella sí apareciera por ahí. Además la actriz es mi abuela (risas).

¿En serio? ¿Y había hecho algo antes?
No, nunca había actuado en nada. Lo único conectado con la película es que por mucho tiempo fue vendedora de librerías. Antes había hecho sólo de extra, acciones del fondo. Súper divertido. Los castings que intenté no me gustaban, y la opción que me quedaba era poner a alguna actriz muy famosa y encontré que el papel era muy chico y me lancé con mi abuela. Al principio se puso nerviosa, pero de repente agarró el ritmo. Aparte que el personaje es un poco como ella; no es tan pesada, pero tiene ese sentido del humor bien seco. Eso fue la raja, cuando estrenamos la película en Valdivia estaba Héctor Noguera y fue a felicitar a mi abuela y ella se derretía (risas). Y en el extranjero hay gente que me dice “bueno, esa señora debe ser una vieja gloria del cine chileno, se nota”.

¿Qué encuentras que tienen en común los temas de tus cortos y largometrajes?
Mira, esto que te voy a decir es algo que recién ahora me he dado cuenta, porque el año pasado salió un libro en que Pamela Bienzobas escribió un artículo sobre mis películas, y después hablamos de esto bien en serio y me quedé pensando y creo que hay una cuestión que tiene que ver con lo que es verdadero y lo que es falso, con la mentira como tema.
La mentira no en un sentido como católico, no de juzgar, sino en el sentido de la relación entre la mentira y el acontecimiento del cual se habla, esa tensión. Y creo que eso viene desde El Tesoro de los Caracoles (corto que está en YouTube) hasta Bonsái. Y hay una cuestión en el tono, que tiene que ver con un cierto sentido del humor, pero no es como una comedia pura y dura, sino que siempre está coqueteando con una cuestión dramática y melancólica. Los chistes son una manera de hablar de las cosas que hablan un montón de posibilidades.

También es recurrente que tus escenas tengan algo que ocurre a nivel secundario, detrás del acontecimiento principal…
Naturalmente me dan ganas de hacer eso, sobre todo porque lo que no me interesa es eso de que hay una sola idea que manda que domina todo, que controla la voluntad del protagonista y del espectador. Esa idea del conflicto central que arrasa con todo igual me irrita un poco.

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