A propósito de Daniel Zamudio

Publicado el Domingo 25 de marzo de 2012 | 156 comentarios | Archivado en : SOCIEDAD

por Lala

Todos conocemos hoy a Daniel Zamudio y las circunstancias que nos hacen hablar de él. No vale la pena ni corresponde escarbar en los hechos y secuencias bestiales de las que hablan los medios. Ayer, cuando leía los mensajes de twitter, cuando los portales anunciaban que ya nada se podía hacer, sentí una pena inmensa. ¿Qué fue lo que pasó?¿Qué falló?

Me puse a pensar en qué hemos hecho como sociedad, como país, para que algunos de los nuestros hayan perdido el amor por todo y hayan sido capaces de actuar con tanta brutalidad con un par, con un chico que tiene la edad de mi hermano y que tiene aún tanto por hacer. Me puse a pensar en cómo las barreras iban siendo sobrepasadas, cómo los padres de esos chicos no vieron ni sintieron la rabia que se iba acumulando en sus hijos, en cómo los colegios los identifican y prefieren aislar y dejan – mejor – que otros se encarguen, porque faltan recursos, porque no hay programas suficientes, porque qué podemos hacer.

Recordé qué poco nos enseñan de diversidad, de lo aislados que estamos geográfica y mentalmente. Sé que en muchos casos no es así, pero si encendemos la tele y vemos cómo se burlan de los homosexuales, de los peruanos, de los “distintos”, no nos están enseñando a integrarlos a todos, sino que nos dicen que es mejor reírnos de ellos o huir. Dicen que la xenofobia se cura viajando, y qué cierto es. Cuando te das cuenta de que ese que tiene otro color de piel u otro acento, o cree en otro dios, no te hará nada, que es en el fondo igual a ti, te haces más persona y pierdes el miedo. Eres un poco más libre.

Y lo mejor es que ni siquiera sería necesario viajar si aquí en nuestras casas nos lo dijeran. Si en los colegios nos contaran. Si la tele y los medios lo mostraran.

Hace una semana escuché a una niña que está en silla de ruedas. Decía que unos compañeros la quisieron botar por la escalera. ¿En serio? ¿Un niño es capaz de eso? No quiero pensar que estamos tan perdidos.

Si veo o escucho el nombre de Daniel, pienso también en mi tío homosexual, en mis mejores amigos, y se me paran los pelos. Cuando cosas como esta pueden tener el nombre de los que amas duele el doble, y sería bonito que ese dolor hoy nos pudiera movilizar a querer y trabajar por un país donde estas cosas no vuelvan a pasar nunca.

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