Literatura: Leer en regiones

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por Sur & Cristóbal Carrasco, foto: Paty Leiva

(Este artículo –y mucho más– está en la Edición Especial Aniversario Zancada #6, que puedes ver aquí, o hacer click en este link para descargar el archivo PDF a tu computador)

Según la información de la Cámara Chilena del Libro, en la Región Metropolitana existen 101 librerías, desde aquellas especializadas en ediciones bíblicas hasta las que resisten en los centros comerciales. En provincia, la cantidad es mucho menor: sólo hay 85 librerías para las otras 14 regiones y los otros dos tercios de chilenos que viven fuera de la capital. Los números, que ya suenan mal, podrían contrarrestarse si supiéramos que todas las librerías fueran buenas librerías, pero, ya lo sabemos, ni siquiera en Santiago pasa eso.

Por esa razón, quisimos averiguar cómo los lectores de regiones calman sus ansias de comprar y obtener libros, o cómo, en definitiva, persisten en su afición con todo –la centralización, la mala distribución, la lejanía– en contra.

Norteando

Patricio Jara es escritor y académico de la Universidad de Diego Portales. Ahora reside en Santiago, pero la mayor parte de su infancia y adolescencia la vivió en Antofagasta. Sus libros –El exceso o Quemar un pueblo– dan cuenta de ese ambiente, de un desierto que se extiende como un horizonte inquebrantable. Para él, nos cuenta, no fue difícil mantener el placer por la lectura. “En el colegio donde estudié había una biblioteca del tamaño de una cancha de fútbol y uno podía entrar y pasearse por los estantes libremente. En la universidad ocurrió lo mismo. Ambos lugares fueron esenciales, pues en mi casa sólo había una enciclopedia Sopena de tres tomos y nada más. Para comprar, iba una feria de libros usados y pirateados de Calle Uribe, porque no hay más que una librería en el mall de la ciudad”. Todas las demás, nos cuenta “fueron exterminadas a mediados de la década pasada”.

Antofagasta es una ciudad que este último tiempo ha estado particularmente vinculada a la literatura de best-sellers, gracias a la irrupción en el mercado de Hernán Rivera Letelier. Pero la literatura nortina tiene mucho más que ofrecer. En Arica, por ejemplo, funciona hace un buen tiempo la editorial Cinosargo, que no sólo distribuye libros sino también publica y comercializa. Pero antes de eso, antes de Internet, era aún más difícil. Patricio Jara, para informarse de las novedades de libros, leía la Revista de Libros de El Mercurio. “Cerca de mi casa había un almacén donde la dueña siempre compraba El Mercurio los días domingo porque traía más papel para envolver. Ella me guardaba la revista. Todavía tengo algunos números de 1990. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, cuando trabajé en Revista de Libros, habría de recordar las tardes cuando la señora me pasaba esas páginas que le ponían cara a los autores que leía”. De esa época, Jara recuerda un libro en particular, asociado a una imagen que, quizás, refleje ese mundo del norte: “Cuando vivía en Antofagasta”, dice, “tuve un departamento en un piso 18 a pasos de la playa. Recuerdo que me sentaba en ese balcón mientras, más que el sonido del mar, sentía la vibración que causaba el reventar de las olas. Haber terminado de leer Plataforma de Michel Houellebecq una tarde de marejada es la primera imagen que se me viene de ese tiempo”.

* * *

“Lugar literario por esencia es el desierto. Siempre hay vida por desenterrar”, dice Rodrigo Ramos, periodista y escritor que ha vivido en Iquique y Antofagasta, y que ha publicado una novela, Alto Hospicio, bajo editorial Quimantú. Cree que es difícil mantenerse actualizado en términos de literatura si uno vive en regiones, pero hay otras virtudes, señala. “Al norte llega poco y caro. Por esta razón cuando algún amigo o familiar viene a Santiago, siempre se encarga algún librito. Sin embargo ser lector en regiones tiene otras ventajas. Uno de repente halla tremendas bibliotecas particulares donde habitan ediciones de Salgari o de Tolstoi con libros de brujería. Me ha tocado ver libros bastante raros en el norte, incluso en árabe, cosas que fueron traídas por gente que se vino a vivir por estos lados”.

Para comprar, Rodrigo es claro: “La librería Antártica acaparó toda la demanda y mantiene el monopolio. Si no están ciertos libros en sus estantes, se encargan. Hay otros lugares también para hallar libros usados como la feria Maipú. Un buen dato para encontrar libros editados en la región es la librería ubicada en la Casa de la Cultura (Latorre #2535). Por último hay que esperar la Feria del libro de Antofagasta que se hace en abril, para adquirir libros”.

La buena gente del campo

Por sobre el Cementerio Número 1, donde está enterrado el escritor Óscar Castro, y el Barrio de las Viudas donde se trasladaron a vivir las mujeres de los mineros muertos de Sewell, Claudia Apablaza considera que el lugar más literario de Rancagua era su pieza. En realidad, la autora de EME/A: la tristeza de la no historia y Diario de las especies piensa que “el lugar para leer siempre ha sido mi habitación, esté donde esté”.

Después de salir de clases Claudia Apablaza iba a la calle Estado de Rancagua a recorrer librerías de textos usados para encontrar algo que leer.
Recuerda que se dedicaba a leer textos más bien clásicos. No andaba tras la vanguardia, ni novedades, sino que se dejaba llevar por aquellos libros que cumplían con el canon. Recibía gustosa las recomendaciones de su padre, un ávido lector, o algún amigo, y nunca leyó la Zona de Contacto o los suplementos dominicales especializados para orientar su próxima lectura.

Claudia afirma que “el placer de la lectura siempre estuvo allí y creo que siempre estará. Por lo tanto no tengo que luchar para que se mantenga, sino más bien para que se desarrolle y profundice”. Pero de todos modos hay grupos en Rancagua que están trabajando para motivar el placer de leer, desarrollando grupos de lectura, talleres, grupos de discusión, librerías. Entre ellos están las editoriales Primeros Pasos y Arte y Gráfica, además del grupo Los inútiles y el Colectivo Prende la Editorial, y la Librería Cervantes (Independencia #578).

La Frontera

Ahora Constanza Gutiérrez estudia literatura en la capital, pero ha pasado la mayor parte de su vida entre Chiloé y Temuco. “En las ciudades de provincia no hay oferta”, dice, respecto a los libros, aunque asegura no haber sufrido tanto por ello. “Cuando vivía en Castro había dos librerías bien buenas, Anay (Serrano #437) y El Tren (Thompson #229), que aún existen, así que no tenía ningún problema. El problema empezó en Temuco, porque había sólo dos y tenían muy pocas cosas. Yo creo que se mantenían vendiendo libros de colegio en marzo nomás. Pero luego llegó una Antártica y estaba a la vuelta de mi casa, así que se solucionó mi problema”.

En su casa, recuerda, había muchos libros, y quizás la lejanía, unido a la abundancia librera familiar, condicionaron su fascinación. “Cuando vivía en Castro”, cuenta, “vivía en la punta de un cerro y no tenía ni un solo vecino, así que veía tele todo el día y leía. Además, está la lluvia. Quizás, de haber vivido en un lugar con más sol y vecinos, como Santiago, hubiese leído mucho menos”.

Cuando era chica, Constanza leía los clásicos, y, como nos dice “los clásicos están en todas partes. Las cosas que no hubiese encontrado cuando chica, como algún texto crítico o algo que leo ahora por la universidad son cosas que ni siquiera conocía en esa época”. Después, Internet lo hizo más fácil: “Lo que más hacía como a los 14 y 15 era revisar el blog de una niña española que encontré alguna vez por casualidad. A ella le copiaba muchas lecturas porque hacía unas reseñas muy interesantes. Gracias a ella me interesé por leer varios de mis libros favoritos ahora, como Madame Bovary o Lolita”.

Al final, el acto de leer quizás no sea tan distinto en la capital. Terminas encontrando tus lugares favoritos y los libros que quieres leer aunque sea apenas. Como dice Constanza: “las clases de matemáticas eran el lugar que más me gustaba para leer. Y mi casa. Nunca he sido de leer por parquecitos, ni nada, ando con el libro por si me toca esperar a alguien, pero siempre he leído acostada. En Temuco iba harto a la biblioteca Galo Sepúlveda también. Tenía por regla ir todos los miércoles a pedir un libro, y ahí me quedaba harto rato leyendo”. Como en todo el mundo.

10 COMENTARIOS

  1. Como que se pusieron muy poéticos. Claro que no se diferencia tanto de la lectura de la capital, porque el acceso a la lectura en último término depende de la plata y porque Chile mismo es (o era antes de interné) una provincia, en su espíritu y por la dictadura. El que tiene sed de lectura se las ingenia, claro, sobre todo si tiene algo de plata o buenos amigos con plata que no sean aprensivos con sus posesiones (cosa bastante rara). En realidad me apena bastante recordar lo difícil que era más que leer, acceder a la lectura. Leer fotocopias de unas fotocopias de unas fotocopias, ir a leer a la sala de lectura de la biblioteca pública, si es que tenías la suerte de tener una cerca, dejarte llevar por recomendaciones chantas (desde la estúpida devoción por los suplementos del mercurio hasta las cosas que estaban de moda entre los enteradillos –ver la película Bonsái fue como un deja vù de toda esa tontera que le da a uno, aunque es chistoso comprobar que era una tontera masiva en mi generación), intrusear en libros usados (todavía me acuerdo del olor de alguna librería regentada por viejos cabreados porque manoseabas y leías a trozos, o de los mercados de las pulgas; entre libros de colegio algún tesoro podía caer, con nombre manuscrito en la primera página pero no importaba) . O simplemente leer lo que había a mano (tipo coleccionables zig zag o ercilla). Me acuerdo que hasta me saqué una tarjeta de crédito de una multitienda pa’ comprarme libros, patético. Esa fue mi experiencia en región en los ’90 y no me parece tan heroica como las experiencias que se cuentan aquí. Era más bien miserable.

    • A favor de tu comentario, debo decir que yo suponía o esperaba que alguien nos respondiera así. Era, al final, el prejuicio que teníamos: que el adjetivo para describir la lectura en regiones se acercaba más a lo miserable que a otra cosa. Pero nos encontramos (en las entrevistas) con el otro lado. Habría sido bueno entrevistarte, entonces.

      • Es lo que tiene la gente literaria, tienden a sublimarlo todo, a mí como me venció el sistema y ya solo leo no-ficción, tiendo más bien a cagarme en todo 😉 Me habría gustado leer sobre el (buen) librero de provincias, esos seres legendarios. Aunque hay mucho viejo c*lia*, ellos sí que tienen mérito y saben de la fauna literaria de región y de las batallas para que la literatura sobreviva allí. Pero evidentemente, esa es otra historia.

  2. en mi caso descargo libros y compro en amazon, no solo porque en afta solo hay una antartica, sino porque me da rabia pagar los precios de los libros en este pais, asi q prefiero darle mis morlacos a don amazon y de paso practicar mi ingles, con un buen diccionario online en el celu por si lo requiero, pero comprar libros aqui solo si es una super oferta o estoy desesperada

  3. Excelente nota. No tenía idea que en mi Rancagua natal habían grupos de lectura ni editoriales emergentes… A ver si después del grado puedo unirme a alguno de esos grupos

    Gracias por este post =)

  4. ¡Qué buen post!
    Despertó mi interés en primera instancia: primero, porque soy de región, segundo, porque realicé una investigación sobre el gusto por la lectura, en el marco de mi proyecto de título.
    En Curicó –mi ciudad natal– había dos librerías; expo libros y librería mataquito. Expo libros tenía una oferta bastante más generosa, desafortunadamente –y como era de esperar– dicha librería cerró, y la Mataquito se ha limitado a vender libros escolares… Una pena. Bibliotecas públicas ni hablar, cuando llegué a la puerta me dí cuenta que la Biblioteca estaba cerrada, y bien cerrada, candado de fundo y todo. Felizmente mi madre se preocupó de armarnos una buena biblioteca doméstica, y por algún instinto heredado de mi hermana mayor supongo, me devoré los libros de la lectura obligatoria del colegio…
    Hoy, a mis veinticuatro años, sigue existiendo la librería mataquito con su colección santillana, y la librería de la feria del disco, que de todos modos salva con su colección de bolsillo y con una oferta más variada.
    Me he desvelado mucho pensando en qué haría falta para incentivar la lectura en regiones, no es tan fácil como se podría pensar de primera.

    Saludos!

  5. Nunca había revisado esta entrada, con los comentarios. Yo también leía ediciones de Ercilla e iba a los libros usados, pero pienso lo mismo que tú, de cualquiera manera un lector se las ingenia, por eso nunca eché en falta nada. Capaz debí decir que iba a los libros usados o leí colecciones malas, no sé, se me pasó. Doy por hecho que todo Chile alguna vez ha leído una edición de la revista Ercilla.

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