Mi momento más loser

Publicado el Miércoles 2 de diciembre de 2009 | 129 comentarios | Archivado en : PERSONAL, ZANCADA

momentoloser
por Paty Leiva & Mariana y punto

Pedimos a algunos personajes que nos gustan que compartieran con nosotras uno de esos momentos en que la L de la frente no nos la saca nadie. Aquí están los que se atrevieron.

(Este artículo –y mucho más– está en la Edición Especial Aniversario Zancada #4)

Álvaro Farías | periodista, editor y sub director de Paniko.cl, DJ, documentalista, etc.
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Hay momentos loser en todo ámbito de la vida. La comida, como cuando no sabes pedir un plato de comida japonesa frente al embajador de ese país o el “loser del día a día”. Éste es el que todos llevamos dentro y que aflora cuando menos quieres. El primero es sin duda cuando era chico e iba caminando de la mano con mi mamá por el Valle del Elqui y jugaba a que iba con los ojos cerrados y ella me decía “izquierda, derecha, arriba o abajo”, según correspondía a la geografia del camino, de la vereda más que nada. Al cabo de unas cuadras, mi mamá parece que se le olvidó que yo seguía jugando a la tonterita y no avisó que venía un poste. Me saqué la re mierda y me fui para atrás. Cuando sea pelado, me verán una pequeña cicatriz en la nuca recordando el momento.

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Dani Boop | zancadicta
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Estaba viendo un “noticiario” subtitulado donde reporteaban la caída de un meteorito. En resumen, estuve 1 hora aterrorizada, haciendo zapping y preguntándome por qué en ningún canal nacional decían nada, cuando en el noticiario muestran imágenes supuestas desde Houston en que se veían decenas de meteoritos que venían hacia la Tierra, y yo fui corriendo y llorando desesperada a abrazar a mi mamá porque el mundo se iba a acabar…. y salen los créditos porque había terminado la película.
Es muy ridículo y mi familia se rió de mi hasta que les dio hipo (tenía 16, igual era grandota), así que agradezco que mi mamá fue mi única testigo.

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José Miguel Villouta | celebridad, creador de GorilaBlog
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Era fan de un programa de la BBC que escuchaba todos los dias a través de un podcast. El show de Scott Mills. Lo escuchaba cuando me iba en bici a hacer deportes sagrado. Tomas las mañanas. Ya me sentía parte de la familia. Entendía los chistes internos y todo. El año pasado, creyendo que dominaba todos los códigos de humor auto despreciativo del programa, mandé un correo “chistoso” sobre como Scott Mills, al igual que yo, era orejón y cómo eso era lo mejor que nos podía haber pasado.

Lo tomaron pésimo. Realmente mal. Hablaron de mi correo y de cómo yo era un idiota. Me sentí como el forro cuando bajé el podcast. Creyendo que no habían entendido el humor, escribí otro correo que volvieron a leer. Esta vez fue peor, más gente del programa lo encontró ofensivo. No estoy hablando de “encontrémoslo ofensivo porque es divertido para el programa”. No. No les causó simplemente gracia.

A la fecha no puedo volver a escuchar el programa que tanto disfrutaba.

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Javier Sanfeliú | publicista, hombre de radio
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Una vez mi amigo C. me llamó para pedirme que lo acompañara a un bar donde trabajaba de mesera una chica con la que estaba saliendo. Me dijo que necesitaba que fuera porque su amiga le dijo que tenía alguien para mí. Todo hubiera sido estupendo de no ser porque ese día tenía una intoxicación estomacal terrible y de puro pensar en una cita a ciegas en un bar con amiga de la amiga de C. me daban tercianas. Pero C. insistió tanto que terminé diciéndole que bueno, que ya, vamos.

Llegué al lugar y estaba mi amigo C. sentado en una mesa. El pidió un whisky y yo pedí un agua mineral. No podía ni mirar un maní porque de sólo hacerlo me sonaban las tripas. Todo mal. De pronto se acerca la amiga de C. y me dice que salen a las dos de la mañana y que de ahí nos fuéramos a una fiesta en San Diego. Eran las 23:00 y de solo pensar en esperar tres horas me sonaba más la guata. Pero cuando me indica con su mano a su amiga, ahí casi me desmayo: era una chica de tez blanca, pelo ondulado hasta casi la cintura, ojos negros, perfil griego, uñas pintadas celestes y además, según contaban, promisoria estudiante de teatro. Era increíble. Demasiado linda y perfecta para un maldito fucking día con colitis. Me dieron ganas de huir en ese momento, pero por lealtad a mi amigo C. me quedé, sufriendo, pensando por qué yo, por qué .

Terminaron puntualmente a las dos (ya había ido al baño con tristes consecuencias) y recién en ese momento amiga de C. me presenta a B. Además de deliciosa, era simpática. Todo mal. Yo tenía que hablar más fuerte para que no se escuchara el sonido de mis tripas. Nos subimos a un taxi, mi amigo atinaba con su amiga como si no existiéramos y yo llevaba sobre mis piernas a B. Una situación que hubiera sido ideal de no ser que me apretaba el estómago y a esas alturas ya temía lo peor. Trataba de ser simpático, encantador y todas esas artimañas que usualmente funcionan, pero era inútil. La guata decía otra cosa. Llegamos a fiesta electrónica en San Diego, y a bailar. ¡Bailar! A esas alturas B. Me preguntó si me sentía bien y le dije que no, que estaba un poco enfermo parece. Ah, qué lata me dijo. Voy a conversar con un amigo y vuelvo, me dijo. Y se fue a conversar con actor guapo, con onda, canchero y sin colitis. Justo cuando estaba buscando un enchufe para meter los dedos o cortarlo para colgarme del techo, ya habían pasado tres horas y mi amigo C., que ya había estado en un rincón del teatro ese haciendo de las suyas, tenía hambre. Y se le ocurre ir a la casa Cena. Ahí ya dudaba de nuestra amistad, pero como soy un imbécil, dije que bueno, que ya, a estas alturas qué más puede pasar.

En la casa Cena, entre putas, borrachos y la linda cara de B., veía con asco como comían unos valdivianos y yo tomaba agua mineral. Pálido como Nosferatu. Golpeado por la vida como el Chavo del Ocho cuando le dijeron ratero. “Amigo C.” dice que mejor vayamos a su departamento y partí por inercia. Mientras “amigo C.” estaba dentro de un dormitorio haciendo de las suyas, B. y yo conversábamos en un sillón y vimos amanecer. Después la fui a dejar a su casa y mientras la veía bajarse y entrar pensaba en harakiris y asesinatos en serie.

Nunca la volví a llamar. Quedé traumado. Sentí que debía haber sido el huevón más fijo candidato al Nerd Awards del año para ella. Y olvidé. Años después nos volvimos a topar y ella recordó esa noche en una comida. Yo me reía, decía que sí, que habíamos salido una vez, jaja, claro, sí, sintiéndome cada vez más loser. Hoy somos buenos amigos, pero de cuando en cuando recuerdo esa noche y vuelvo a saber que a veces la vida te puede cagar un buen momento. Literalmente.

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Paz Bañados | periodista, modelo, conductora de tv
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Estaba en Los Ángeles detenida en un semáforo en rojo cuando de repente me di cuenta que estaba al lado de Brendan Fraser, el actor de La Momia, George de la Jungla y al Diablo con el Diablo. Al parecer yo abrí la boca y lo quedé mirando como boba y él se dio cuenta. La luz se puso verde y no me me moví. Me miró y me hizo un gesto de que cerrara la boca y que partiera porque el semáforo estaba en verde. Qué vergüenza mas grande, este sí que fue un minuto loser.

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Colmbina Parra | músico
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Limpié alfombras en cuatro patas durante un tiempo. Departamentos vacíos. Estábamos en todas las revistas, en todos los rankings musicales pero no ganábamos nada de plata. La limpieza consistía en echar champú limpia alfombra y luego pasar una especie de escobilla, todo a mano. Cuando terminabas te sentías feliz pero hecho bolsa. Usaba unos zapatos de punta de fierro que pesaban mucho entonces quedaba muy adolorida. Lo peor era llegar a un nuevo departamento en que se habían ido los arrendatarios y había que empezar de nuevo. Hacías un barrido general y detectabas las manchas más grandes, entonces decías hacia dentro “chanchos de mierda”, empezabas a odiar a la gente que había habitado la casa. No sabías por dónde empezar y te sentías podrido. A veces nos conseguíamos una máquina que limpiaba y eso era rápido. Siempre pensaba en el día en que tendríamos una maquina propia como un sueño.

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Elizabeth Oria | creadora Prendas Públicas
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Hoy, cuando le regalé un vestido de princesa a mi hija en su cumpleaños, recordé que cuando chica siempre quise tener un vestido de princesa… así largo y vaporoso, como el de las niñas que bailaban en la escuela para eventos especiales. Y a mí nunca me compraron uno. Creo que ese fue un momento loser en mi vida. Hasta hoy me da nostalgia… pero es lindo, mi hija puede tener su vestido vaporoso y jugar a las princesas.

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M&M | colaboradora Zancada
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Nunca había tenido pololo, aunque tampoco me quitaba el sueño la idea, prefería los amigos, la patota. Eso sí, el chico más mino del grupo -de verdad, era el más mino- me encantaba. Apenas me hablaba se me
apretaba la guata, se me aceleraba el corazón y no podía dirigirle una frase completa. Así, tratando de no darle atención, empezaba el verano, hasta que un día mi mejor amiga me preguntó en secreto si él, el mino, me gustaba. La pregunta la mandaba a hacer él mismo. Quedé ¡plop! Muy digna le dije a mi amiga que ¡no! ¡que cómo se le ocurría! Ella quedó convencida y no insistió más. Un par de días después él, el mino, se había puesto a pololear con la más mina de la patota, francesa para más colmo. Estuvieron juntitos frente a mis narices todo el resto del verano. Seguí siendo de patotas por muchos años.

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Camilo Salas | periodista, director Disorder Magazine
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Tengo hartos momentos loser, demasiados quizas. Uno que recuerdo con vergüenza fue cuando me eligieron rey feo de mi pequeño colegio en Coyhaique y a días de saber los resultados de las competencias de alianzas y todas esas cosas, el curso me comunicó que mi candidatura no iba más porque no había hecho nada para ganar. Fue como un pequeño golpe de estado y luego de eso no hice nada de nada a propósito. De todas formas mi alianza no ganó y le perdí el gusto a esas festejos de cabro chico, pero la L gigante en la frente no me la sacaba nadie.

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Lala | zancadicta
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Era 1998 y había conocido a R., en ese momento teníamos una extraña amistad, yo le gustaba, pero éramos un par de cabros chicos muy ridículos. Éramos como Julieta y Ale, de Miranda, amigos melodramáticos. La cosa es que ese año, hace ya 11 años, era tanto mi enojo por todo lo que R. me había pelado con los otros cursos (era la fase 1 de nuestra amistad: odio), que fui a su sala directo a volarle la cara. Y aquí viene mi momento perdedor: le lancé mi mano derecha y me detuvo en el aire. Le lancé un izquierdazo y me agarró la otra mano. Terminé con las manos cruzadas y sin poder ni siquiera zafarme. Al lado, todo su curso moría de la risa y yo, de la vergüenza. Ahora me acuerdo y me río, pero en ese momento me quería enterrar 3 metros bajo tierra.

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Pepa Valenzuela | periodista
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Hago cosas perdedoras frente a mis pérdidas: cada vez que pierdo a alguien, regreso a los lugares donde fui feliz con esa persona. A mis 17, me instalé sola durante una tarde completa en la Plaza Ñuñoa exclusivamente para recordar. La gente que pasaba me miraba raro, como si necesitara ayuda o tuvieran que llamar a Carabineros para reportarme como extraviada. Después volví a mi casa y dibujé en una libretita los mejores episodios con ese primer pololo que perdí, a colores, pero sin caras, así, bien patética y pegada. Al tiempo, regresé al preciso lugar donde él me pidió pololeo y me tomé una foto, sin saber muy bien para qué. Años después, regresé a los pocos bares universitarios y de mala muerte a los que íbamos con mi segundo novio mientras estudiábamos. Volví varias veces a la que había sido nuestra fuente de soda favorita sólo a hacerle honores a las buenas conversaciones del pasado. Hasta que un día, caminando por la vereda del frente, descubrí que la fuente de soda ya no estaba. En su lugar sólo había una enorme cortina de fierro y un cartel de Se Vende pegado en la ventana. No regresé a tomarle una fotografía. Pero sé que si ese lugar reabriera sus puertas, sería una de las primeras en sentarme ahí.

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m | colaboradora Zancada
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Más que un momento loser en sí, es como mi lado loser. Mi problema es que para muchas cosas soy lo más perna del mundo, pero yo juro que es muy bacán ser así, o sea LOSER!
Una de esas cosas loser es que amo los programas de concurso. Para mí no había mejor panorama que ver el Tiempo es Oro y competir con la tele, lo mismo con Quién Quiere ser Millonario, Desafío Familiar, los programas españoles, etcétera, cualquier espacio de conocimientos, sobre todo si exigía rapidez mental. Los veía en silencio, full concentrada y no me podían interrumpir. También amaba que mi papá me hiciera preguntas de las capitales del mundo, pasajes de óperas, geografía y competir con mis hermanos, que no estaban ni ahí con nuestro juego. Lo bueno de mi ñoñez es que una vez pude ir a un programa de concursos, participé y gané (no era mucho, pero para mis 20 años era millonaria), así que mi momento loser se convirtió en uno bacán, jeje.

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Rita Cox | periodista
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Se me cayeron los calzones frente al niño que me gustaba. Ese es el resumen de la peor plancha de todos mis tiempos. Cursaba primero básico y las inseguridades me asfixiaban debido a mi poco agraciado look: peinado nerd de pelo ultra liso (tipo Merlina de Los Locos Adams); un par de dientes de leche menos; uñas carcomidas; timidez extrema; jumper crecedorcito. Y resulta que me enamoré de Eugenio, uno de los chicos más populares del curso de arriba, y que sólo supo de mi existencia el día en que todo se fue a negro.

El hito siniestro se produjo a la salida del baño durante un inolvidable recreo. Fui a hacer pipí y, a la salida, me lo topé. Casi chocamos y nos detuvimos. Lo miré a los ojos (me sentía especial esa mañana), pero indiferencia. Él no sacaba su miraba del suelo. No era que quisiera evitarme. Lo que Eugenio observaba hipnotizado eran mis calzones blancos de algodón que, debido al efecto elástico vencido, se me habían caído y estaban atrapados entre el maicillo y mis feos zapatos. En un acto reflejo (de supervivencia) me agaché, los recogí y corrí de regreso al baño, del cual jamás debí salir.

Veinte años después, los calzones me jugaron otra mala pasada. Esta vez no fue el elástico traidor, sino una caída, desde una escalera hasta el suelo, frente al actor Francisco Melo. Yo figuraba de minifalda, taco XL, ultra producida y ganadora y me tropecé en sus narices. Caí de piernas abiertas. Muy triste. Aún tengo una cicatriz en mi pierna derecha. Aunque la verdadera herida, que jamás cicatrizará, está en mi ego. Cosas que pasan.

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Lore | zancadicta
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Creo que mi peor momento loser fue para un Año Nuevo. Estaba en una fiesta muy entretenida en un bar, eran ya cerca de las 7, estábamos con mi hermana y unos amigos en la terraza mientras repartían consomé para los asistentes, cuando se me ocurre ir al baño. Iba caminando de vuelta, toda canchera y al salir a la terraza literalmente no vi el vidrio!!!… y me pegué un tortazo contra el ventanal de aquellos. Está de más decir que fui el centro de las burlas durante todo el resto de la fiesta y varios días más…

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Hermes Antonio | crítico famoso y loser (medianamente) rehabilitado
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Corría el año no sé cuánto (pasado), y del colegio nos mandaron a ver una obra de teatro de unos compadres gritones más ridículos que no sé qué (lo peor), y con nota, así que cero posibilidad de no ir. La cosa es que a mí me gustaba la María Jesús Benavides (la Jechu). A la Jechu le decían Bananas en Pijamas porque tenía cara da plátano y no hablaba nada, pero a mí me gustaba igual porque tenía los ojos grandes y era pecosa, y también porque se mataba de la risa con mis tallas. Ese día me dio su mail, y bla bla blá. Cuento corto: la invité a ver la obra ridícula y me dijo que sí.

La cosa es que ese día tenía todo preparado. Me iba a poner la única polera con la que me veo flaco (ilusión óptica), los pantalones negros para ir a los bautizos (elegantes) y las zapatillas nuevas bacanes. También me iba a echar colonia de mi viejo, y la iba a ir a buscar hasta su casa. Junté plata especialmente para pagarle todo también, y apenas pasara el compadre vendiendo cosas en el teatro, lo iba a llamar y le iba a comprar lo que quisiera. Maní, cuchuflís, Coca-Cola desvanecida, cualquier cosa.

Llegó el sábado del teatro ridículo, y me levanté súper temprano porque decidí salir a trotar en la mañana para adelgazar un poco, y después afeitarme por primera vez para verme más hot. No tenía pelitos, pero igual, podía echarme el after shave de mi viejo y quedar más pro. Y como a la hora de almuerzo me suena el teléfono. Contesté feliz, era la Jechu para darme su dirección. Pero apenas la escuché supe que el panorama se me había ido a las pailas. Estaba más triste que no sé qué, porque en su casa se les había perdido el perrito que tenían hace no sé cuántos años. Me ofrecí a ir a ayudarla con el perrito y hacer fotocopias ofreciendo recompensa mula de un millón de dólares, pero ella dijo que no era necesario, pero que no iba a poder ir conmigo al teatro. Yo le dije que no importaba, que fuéramos la próxima semana a verla, ella me dijo que bueno y me cortó.

Igual estaba achacado. Había salido a adelgazar por las puras y no iba a poder escuchar las risas de la Jechu. Hasta que en la tarde me meto al Messenger y el Pajarraco Jerez me avisa que ese día es la última función de la obra maldita, y que a los que no la vieron les iban a poner un uno. Así que partí, vestido como siempre no más, con pantalones normales, las zapatillas de vagabundo y la polera con la que me veo gordo (sin ilusión óptica). Cuando llegué allá me puse a la fila y caché que era el único que estaba solo. Había caleta de compañeros míos que tampoco querían un uno, pero todos andaban con alguna minoca y se hacían los lindos. Fue heavy cachar que ese día hasta las palomas andaban de a dos, y que todos tenían a alguien para ir al teatro menos yo. Ahí fue cuando miré al final de la fila y vi llegar a la Jechu. Con un minoco rubio todo lindo. Los dos felices, pinchando heavy.

Yo cacho que nunca en la vida me había sentido tan loser. Me había creído completamente la historia del perrito perdido, y más encima me había ofrecido a ir a ayudarla, y era todo tollo. Quise arrancarme, pero justo ahí abrieron las puertas y empezaron a entrar todos al teatro. No podía escapar porque la Jechu con Mr. Pelmazo estaban al final de la fila, y si apretaba pompis me iban a pillar y eso habría sido peor. Así que entré no más, y una vez adentro busqué el asiento más al fondo y más al rincón que existiera en toda la porquería de teatro, ojalá detrás de una planta o al lado de la cueva del ratón. Y terminé sentado al fondo, al lado del extintor. Pero mala idea porque como dije, la Jechu estaba última en la fila y todo el teatro se llenó enterito, salvo los puestos al fondo, al lado mío. Entró la Jechu y empezó a buscar asientos desocupados con esos ojos grandes que hasta hace cinco minutos estaba echando de menos.

Me habría encantado ser invisible.
Pero la Jechu vio los asientos desocupados al lado mío, y después me vio a mí. No sé qué cara tenía yo, pero la cara que puso ella ni se las explico. Y con esa cara, caminó despacito hasta llegar a los asientos al lado mío. Me saludó y me presentó a su minoco (Mr. Gil), y todos hicimos como que no pasaba nada. Quería preguntarle si habían encontrado al perrito, o decirle que qué bueno que igual terminamos viendo la obra (mentira), pero no me salió nada. Ni siquiera un suspiro. Estaba demasiado ocupado chapoteando en las arenas movedizas de la vergüenza (metáfora).

No me acuerdo de qué se trataba la obra ni quién actuaba. De lo único que me acuerdo es de que ese sábado me salvé de que me pusieran un uno, y que fue el último día que hablé con la Jechu. El minoco me tinca que no cachó nada de lo que estaba pasando, tiraba tallas y se hacía el simpático, pero la Jechu no se rió nunca. No como se reía de mis tallas, al menos.

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Celeste | zancadicta
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Cuando tenia como 12 años creo, llegaron a chile unos silos gigantes, el traslado desde Valparaíso a Santiago era tan complicado que los trajeron por caminos poco concurridos, uno de esos era la rinconada de Maipú, lugar preferido por mis papás para hacer paseos familiares; la cosa es que íbamos por ese camino de tierra lleno de álamos a los costados y de repente mi papá dice “miren”, fue tal el impacto que viví al ver los silos de frente tapando todo el camino hasta la altura de los árboles que me dio algo así como una crisis de pánico y empecé a gritar “no quiero morir” “no quiero morir” como una loca, absolutamente fuera de mí me lancé del auto en movimiento y salí corriendo por el campo, terminando finalmente enredada con alambres de púa en una zanja y toda empolvada, y saben qué, seguía gritando. Mi mamá me tuvo que cachetear para que se me pasara.

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