Sex Shop
Publicado el lunes 4 de junio de 2007
Carla Castagnoli
En mi eterno afán por encontrar un antídoto para el sídrome psf (poco - sexo – fome), decidí darme una vuelta por los sex shops santiaguinos, para ver si encontraba alguna cosilla que avivara la cueca. A pesar de que al principio me sentí bastante freak, entrando sola a estas tiendas donde se ven puros giles con el colmillo largo, el esfuerzo valía la pena.
Haciéndome la loca con la vergüenza y la paranoia, me puse a vitrinear la enorme y variada oferta de local. Entre monas de plástico, látigos, esposas, disfraces de escolar, enfermera o nana, y cuanto cliché se pueda uno imaginar había una selección de películas triple X, que además de venderse, después de un tiempo, por sólo mil pesos, se podían cambiar. Y hasta bombas de vacío que prometían aumentar el tamaño, condones de sabores, chocolate líquido para pintar el cuerpo y vibradores transparentes para todos los gustos encontré.
Hasta que me llamó la atención un sachet blanco con rosado, con una flor dibujada, que anunciaba efectos afrodisíacos locales. Aunque no le compré la promesa marketera, como ya estaba ahí, no iba a salir con las manos vacías, y como además su precio era módico –tan sólo $ 2500– decidí invertir.
No me pude aguantar la curiosidad y apenas llegué a la casa, decidí probar la tonterita. No se imaginan mi sorpresa cuando al primer contacto con el contenido mágico, casi me incendio. Se pasó… Como si ya llevara un buen rato con el mejor sexo oral. Se los recomiendo a ojos cerrados. Está ideal para potenciar el preámbulo.
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por Arturo Prat*












