Las ilustraciones de Coré

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El Sello Ediciones B acaba de publicar una selección de ilustraciones del legendario artista chileno Mario Silva Ossa (Coré). Son las mejores ilustraciones que publicó en diversas publicaciones de editorial Zig-Zag.

Coré (1913-1950), dibujante e ilustrador excepcional, fue el creador de una galería de personajes fascinantes, en especial desde las portadas de la inolvidable revista El Peneca (1908-1960), que refleja los cambios de época y la estética de la primera mitad del siglo XX. Su arte ha perdurado en el tiempo, varias generaciones que hoy podrán recordar y recuperar su legado.

Precio lanzamiento: $20.000. Disponible en librerías y Falabella
Link: Ediciones B


Presentación del libro:

“Mario Silva Ossa, quien tomó su seudónimo Coré del nombre de un ángel rebelde que aparece en la Biblia, es uno de los ilustradores más importantes de nuestra historia, un creador de seres mágicos, un artista prodigioso cuyo trabajo pobló el inconsciente de los niños latinoamericanos durante décadas, y que hoy recuperamos para las nuevas generaciones.

La exquisita sensibilidad de Coré confirió vida eterna a hadas, ogros, duendes, piratas y aventureros sin cuenta, haciendo navegar por el mar de la fantasía a miles de mentes juveniles. Maestro en aprisionar con su trazo el instante de un gesto hiperrealista, siempre espontáneo, reconocible, cinematográfico, en sus «seres de tinta y hueso» –como los llamó el poeta Jorge Montealegre–, no deja de inquietar la expresión malhumorada de un pirata, la sensualidad de una princesa, la humanidad de sus gnomos. Sus personajes, que viajan por las historias representando y custodiando un ideal, son seres convincentes, no convencionales, expresiones esenciales de la bondad y la maldad. Sorprende la permanente curiosidad y la capacidad de estudio de épocas pretéritas en Coré, así como su fantasía y su amor por la infancia; él mismo fue un eterno soñador, un niño buscador de tesoros, un explorador de lejanos e insospechados continentes.

Mario Silva Ossa nació en San Fernando el 9 de marzo de 1913 y murió en Santiago en 1950, arrollado por un tranvía. Estudió arquitectura en la Universidad de Chile un par de años, pero abandonó la carrera para trabajar como ilustrador en la Editorial Zig-Zag, editora de El Peneca (1908-1960), la legendaria revista infantil que desde 1921 dirigía su tía Elvira Santa Cruz, la célebre Roxane, y que circulaba por toda América Latina. Desde entonces su genio otorgaría a El Peneca ese sello que fascinaba a los lectores y que motivó a gente como Constancio Vigil, dueño de la editorial argentina Atlántida, y al mismísimo Walt Disney, a realizar tentadoras ofertas para que Coré se incorporara a sus equipos de trabajo, las que éste rehusó siempre.

Tal era la sensibilidad artística de Silva Ossa que llegó a construir su propia casa de acuerdo a la imaginería de sus obras. Eximio carpintero, la ornamentó con puertas, cerrojos, lámparas y muebles medievales de inspiración propia. Su esposa, Nora Morvan, fue su modelo femenina predilecta, reconvertida múltiples veces en hada o princesa. Sus conocidos del barrio o del trabajo se reencarnaron a su vez en aventureros o piratas, y sus tres hijos les dieron identidad visual a los niños soñadores que habitaron la galaxia fantástica de El Peneca.

Mi primer contacto con las imágenes de Coré fue gracias al Silabario hispanoamericano de Adrián Dufflocq, que me regalara a comienzos de la década de 1950 mi tío Luis Lucero Quezada. También durante mi infancia, mi padre nos regaló a mí y a mis hermanos unos maravillosos boletos de viaje en la forma de una inolvidable colección de textos juveniles, la Biblioteca Amarilla de Zig-Zag, donde leímos a Salgari, Verne, May, Conan Doyle y muchos otros. Allí, en Corazón, La isla del tesoro, Lautaro, Oromaika, la virgen de la selva, Aventuras de una gorra y muchas otras novelas, seguí fascinándome con los mundos evocados por el ilustrador, y cuando el mundo mágico de la infancia se adormeció, las imágenes de princesas, hadas, ogros y duendes siguieron vigentes en mi imaginación gracias a Coré. Muchos años después, a mediados de los años setenta, en un mercadillo de Valparaíso di con una vieja maleta que contenía 189 pruebas de imprenta de portadas de El Peneca. Estaban extraordinariamente conservadas. Esa fue la chispa que encendió el motor, que me ha animado durante todos estos años siguiendo la pista de las obras de Silva Ossa. Probablemente el desafío más grande haya sido reunir una selección consistente de su obra inigualable, puesto que, tanto por tratarse de ilustraciones realizadas en soportes frágiles como por su magia intrínseca –que hacía a sus propietarios renuentes a cederlos–, después de su muerte esa obra
sufrió una gigantesca dispersión.

En efecto, si consideramos sus casi veinte años de trabajo en la Editorial Zig-Zag, la aparición semanal de El Peneca y el medio centenar de libros que ilustró, un simple cálculo arrojaría una cifra cercana a las diez mil ilustraciones. Las imágenes que componen este libro se han seleccionado de un universo de más de tres mil dibujos, que a su vez constituyen el resultado de una treintena de años de búsqueda apasionante. Con mi hermano Jorge, camarada de aventuras en la exploración de mercados de viejo, hemos peregrinado cientos de kilómetros en busca de estos dispersos personajes. Cada fin de semana era, y aún lo es, dedicado a la pesquisa de las obras de Coré. Así, sin quererlo, fuimos elevando el precio de las portadas o libros que contenían sus ilustraciones. Desde hace un tiempo, sin embargo, este camino ya no ha sido en solitario. En la década de los noventa el Fondart y la Dibam me apoyaron en la reproducción fotográfica de las obras de Coré que se encuentran en la Biblioteca Nacional. Agradezco la ayuda de Carmen Martínez Valiente, quien compartió conmigo varios meses en la reproducción y ordenamiento de ese material. Vayan asimismo mis saludos a un hermano de la cofradía coretiana, Gonzalo Catalán, de la Dibam, quien manifestó en forma permanente su apoyo a esta iniciativa. En la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Católica, que acogió la idea de continuar investigando, sumando el aporte de la doctora Soledad Puente, hemos logrado reunir 4.567 obras, de las cuales hemos fichado y clasificado 2.456. Resta por ubicar más de la mitad de lo que probablemente fue su producción total.

Gran parte de las imágenes que reúne este volumen corresponden a originales; otras son pruebas de impresión y/o calce de la impresión en color. Muchas de ellas tienen manuscritas en el dorso fechas que no corresponden necesariamente al año de la publicación a que estaban destinadas. De todos modos la discrepancia se da casi exclusivamente en imágenes para novelas o libros, y no sobrepasan por más de un año la fecha de aparición en el mercado. En el caso de las portadas e ilustraciones de El Peneca, pueden diferir hasta en un par de meses, o variar de año cuando se trata de series muy extensas. Cabe recordar que muchas de las imágenes de Coré fueron utilizadas más allá de su primitivo destino y ocupadas después para ilustrar publicaciones varias o reediciones. Siempre que nos fue posible fechamos de acuerdo a nuestro dato más antiguo.”

Compilación y textos: Juan Domingo Marinello

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13 COMENTARIOS

  1. Es lo maximo y su casa es maravillosa..
    Aun no perdono a mi madre por haber regalado TODA su coleccion del Peneca a un asilo de ancianos cuando se fue a Alemania.. proximo compra seguro¡

  2. Core, me sorprende la fantasia de sus dibujos me alegra mucho saber que hay una investigación acerca de sus trabajos.
    Conoci la vida de core buscando informacion sobre ilutradores de libros, que es un tema que me apaciona vastante, me gusto desde el primer momento y admiro su calidad de ilustrador.

  3. El cartero
    Recuerdo que nací con el gusto por la lectura. En aquellos tiempos no faltaron los libros y revistas llamándonos a fantasear. Aunque nadie nos exigía leer, salvo en la escuela donde las profesoras nos leían cuentos que incitaban a abrir nuevos libros, la editorial Zig Zag nos mató el tiempo con las aventuras de una pléyade de héroes ingleses y europeos que armonizaban la vida escolar, el paisaje que nos rodeaba con el sentir ingenuo de niños, adolescentes y adultos. (La posguerra y el pragmatismo determinarían su retirada dejándonos huérfanos de aquellos románticos protagonistas literarios).
    Retomando el hilo de nuestra narración, quiero contar que la nuestra era una aldea que se respetaba, no teniendo motivo alguno para no contar como la que más, con oficina de Correos y naturalmente su cartero. Un enjuto anciano, de ancho sombrero, poncho y sonadoras espuelas, era el encargado de llevar y traer la correspondencia recorriendo el agreste camino entre Nirivilo y la estación de Infiernillo, no exento de riesgo como se verá.
    Su misión, aunque teniendo la misma finalidad, estaba lejos de ser estética y heroicamente comparable a la llevada a cabo por el jinete del cinematográfico Pony Express que conocimos en el cine de vaqueros, pero, quizá, fuera más entretenida. El nuestro hacía la ruta con escasas posibilidades de sacarle buen tranco a su viejo jamelgo y regresar a tiempo con la encomienda. A más de esto, las hospitalarias casas de campo ofreciendo sus sabrosas cazuelas de ave, acompañadas del apetecible vino tinto, no escaseaban en el camino, y los carabineros debieron acudir a su rescate en más de una ocasión hallándole por un lado y la valija por otro.
    Se escuchaban suspiros de alivio cuando lo divisábamos a la cuadra, entrando por la calle principal, contoneándose peligrosamente en su paciente cabalgadura. Aquel caballero, que habiendo emprendido el viaje revestido del halo de un lúcido y cumplido jinete, muy dueño de sí mismo, ahora regresaba en deplorable estado y convertido en una carga más.
    ¡Diablos! Vivíamos en el Paraíso, sin embargo soñábamos, y con este singular personaje que poseía las llaves de maravillosos mundos, llegaban nuestras fantasías. Yo era uno de los que al alero del corredor de la oficina de Correos, armado de paciencia, durante inviernos y veranos, aguardaba la aparición del famoso cartero que, aunque tarde, siempre llegaba, sin afectarme mayormente quien era el que daba término a la misión, si el cartero o la bestia regresando con su amo a cuestas y a mal traer.

    Leyendo El Peneca
    Cómo no iba a estar entre los que hacían guardia al popular cartero en el corredor del Correo, si en las encomiendas venía el día sábado la querida revista infantil que todos esperábamos con ansias!
    ¡El Peneca! Con retraso llegaba a la vieja aldea, pero llegaba; y digo “todos” haciendo memoria de los pocos que sabíamos leer y de los muchos que se deleitaban con sus “monos”.
    Este semanario alimentó durante décadas la fantasía infantil de los niños chilenos, acortándoles los días de verano y las noches de invierno con la adaptación y divulgación en serie de las apasionantes novelas de Salgari, Scott, Sabatini, Stevenson, Baronesa de Orczy y muchos más. Recuerdo que uno de los momentos excitantes para mí, era el de revisar y oler las tintas de sus recién impresas hojas en el mismo Correo, antes de comenzar a leer y soñar con los personajes dibujados por sus buenísimos dibujantes.
    Así fue que, prematuramente, sus páginas me llevaron con el sin par “Quintín el Aventurero” a recorrer el mundo en el Pez Volador, un avión, barco y submarino a la vez. Lo acompañé fielmente los fines de semana haciendo frente a toda clase de peligros, hasta que maniatados entramos prisioneros de los indígenas a las aterradoras fauces de su Dios, en un perdido templo de la jungla amazónica.
    Entre cientos de sus fabulosos personajes galopó tocando el cuerno de caza y estremeciendo a la corrompida corte del rey Enrique VIII de Inglaterra, el romántico “Herne el cazador”; el Cid engañó con las arcas de arena a Raquel y Vidas; el mítico “Perseo” tronchó la cabeza de la espantosa “Medusa”, a la que por cabello le nacían ondulantes serpientes y poseía ojos que afortunadamente no petrificaron mi memoria. El indomable Sandokán, seducido por los azules ojos de la Perla de Labuan y secundado por sus formidables malayos, combatió con valor al imperio inglés; y Nils Holgersson, convertido en duende por haber sido cruel con los animales domésticos, voló a horcajadas en su pato Martín sobre el mapa de Suecia y conoció la fauna de su país..
    Otro de sus héroes, “Lautaro, joven libertador de Arauco”, me adentraría en las selvas sureñas del primitivo Chile, como si supiera que acariciaba la idea de arrancarles el misterio de sus impenetrables bosques, incubadores de los fieros guerreros araucanos que hicieron frente a los incas y después a los españoles en una epopeya que, inmortalizada por Ercilla, es de todos conocida y admirada.

    En las filas de una
    singular tripulación
    Ocultándose tras sus ensoñadoras letras, como el cazador furtivo cuando va en pos de la presa, o vistiendo el color de sus tintas y sumándose a los dibujados filibusteros de aquella famosa revista, fue como en oscura noche de tormenta entró a mi temprana vida una leva de “caballeros de fortuna”, capitaneada nada menos que por R.L. Stevenson, que después de desembarcar en las playas de la que fuera Nueva Bilbao, hizo de mí un fanático de la novela de los mares enrolándome en esa siniestra banda de forajidos que la mala suerte hizo a la Hispaniola tener por tripulación. En sus filas las aventuras estaban garantizadas. Asumí de buen grado el trabajo y los riesgos que deparan la vida a los hombres de mar, y en los lluviosos inviernos, a la luz de mi lámpara, tomé conocimiento de anclas, cabos y obenques, hube de girar el cabrestante, izar velas, trepar jarcias, baldear puentes, gatear sobre las vergas, otear el horizonte desde lo alto de la cofa, surcar los mares y concluir desembarcando a sangre y fuego en “La Isla del Tesoro”.
    Con esa estrella, afecto en mi ensoñación infantil al bando de nuestro querido amigo Jim Hawkins, conocí la mar tendida y la de fondo, y en aquel conocido suceso del barril de manzanas logramos ambos escapar sanos y salvos del beso de la muerte, gracias al grito de ¡Tierra!
    Sin embargo, en las páginas del susodicho semanario, los desalmados piratas liderados por el famoso cocinero John Silver me tuvieron cautivo durante mi infancia o hechizado, quien sabe, por sus aguardentosas voces entonado el brutal coro que no auguraba nada bueno:

    “Quince hombres van en el cofre del muerto
    ¡Ja, ja, ja y un botella de ron!
    La bebida y el Diablo dieron con el resto,
    ¡Ja, ja, ja, y una botella de ron!…”

    Pero el tal cocinero de a bordo, dígase lo que se diga o se piense, no era para mis adentros un consumado tunante ni tampoco el brutal bucanero con una pierna, sino aquel no del todo desprovisto de humanidad que en los años treinta el actor Wallace Beery interpretó en el cine y las maravillosas ilustraciones de aquel ángel que fue Mario Silva Ossa, Coré, (utilizadas en la animación de estos escritos, con el fin de cumplir los objetivos de mis memorias, que no son otros sino rescatar y divulgar valores olvidados), recrearon magistralmente en la referida publicación infantil.
    Permanecí un buen tiempo prisionero de los filibusteros. Afortunadamente, el destino dictaminó que llegados los que se conocen como años mozos, pasara a mejores manos y se cruzaran en mi camino las dueñas de los atributos de ninfas y nereidas, que ayudadas por Eros saben atrapar y aprisionar dulcemente en sus invisibles redes. Ellas me despertaron de este sueño aventurero, transportándome a otro real, aunque quizás más peligroso…

  4. Yo soy una persona tan afortunada tuve como suegro a unos de los hijos de core, el cual me siento super orgullosa era una gran persona muy sencilla y todo lo demas me faltarian palabras para hablar de él. Ahora si solo me queda recordarlo ya que el partio en el mes de junio del 2007 y ya no se encuentra con nosotros.
    Pero es que como que no lo fuera porque so sentimos a cada instante.

  5. hola, soy alex garrido. del sector de nirivilo, quiero comentarles que yo quiero mucho ami pueblo de nirivilo, tanto como la escuelita, y quiero mandarles un saludo a todo los habitantes de este ermoso y querido pueblo, yo aora estoy aca en santiago, y todo los dias me comunico por telefono para saber novedades. bueno me despido con un fuerte abrazo adios.

  6. Soy una penequera de esos tiempos, vivía en San Bernardo y mi mamá me traía El Peneca los sábados del kiosko de la plaza los sábados. Mi marido en Linares iba al kiosko al lado de la línea.
    Tengo 66 años y èl 68.
    Por necesidad vendo números, tengo
    una cantidad, si a alguien le interesa
    08 7443011.
    Hay de todos los tiempos.

  7. !Qué otra cosa que gratitud y admiración para Coré…!
    Quizas es tarde mi comentario, pero quienes disfrutamos de “El Peneca” en nuestra niñez,con las características de los sentimientos positivos antes expresados aquí,sólo podemos decir !gracias! por el el regalo semanal que nos brindó tan especial revista.Alimento puro para nuestra imaginación a través de sus cuentos y aventuras tan sencilla pero magistralmente narradas y por añadidura complementadas con las maravillosas ilustraciones del maestro de la ilustración.Fuimos privilegiados quienes recibimos tales obsequios….que perduran en el tiempo y que a muchos inspiraron para atreverse a expresarse a través de la letra o la imagen.
    Esos son aportes y valores que debieran ser objeto de permanente difusión y enseñanza para nuestros niños y jóvenes
    como bálsamos de alivio al constante bombardeo de material de entretención belicosa difundido en TV y juegos de video…
    ¿Cómo poder incorporar ese tesoro a la educación de nuestras generaciones jóvenes?……

  8. Coré fue mi maestro en muchos aspectos. Gracias a sus trabajos en “El Peneca” y a ese fabuloso enano que carga un libro en una carretilla dentro del Silabario, jamás en mi larga vida (72 años) he sufrido de aburrimiento. A mis hijos los llené de fantasía y Arte con los dibujos del Gran Coré.
    Siendo muy niño yo pensaba ¡cómo me gustaría dibujar así!. Lo he logrado y aunque sólo unos poquísimos amigos y mi familia conocen mi obra, muchas veces he soñado internándome por entre sus representaciones del siniestro John Silver.

    Gracias, mil gracias, amigo.

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